El sello que no debió abrirse
En el día del cierre de la herencia Montiel, Santiago es relegado al pasillo de servicio y presentado ante testigos como un yerno útil solo para recados. Humillado pero atento, detecta en la caja sellada una manipulación técnica del sello y de la cadena de custodia. Cuando Abel Cruz anuncia el hallazgo del archivo, Santiago obliga a revisar el inventario y expone una referencia interna faltante, dejando claro que la caja fue movida antes de llegar a la mesa. La familia intenta retirar el archivo, pero Santiago menciona el anexo del final del libro mayor y confirma que el documento es una prueba viva, no un adorno. Sale de la mansión todavía degradado, aunque con la primera certeza útil: alguien mintió sobre la custodia del archivo, y la guerra por la herencia acaba de empezar.