La caída de los intocables
El despacho de Víctor Salazar, en el piso cuarenta del rascacielos, olía a cuero caro y a la esterilidad de un quirófano. Salazar no se levantó cuando Alejandro entró. Mantenía la vista fija en la maqueta de la ciudad que ocupaba el centro de la estancia, una representación de plástico donde los barrios históricos ya estaban marcados con pequeñas banderas rojas: zonas de demolición.
—Llegas tarde, Alejandro —dijo Salazar, sin girarse—. La subasta del protocolo experimental cierra en menos de tres horas. El alcalde ya tiene los permisos. Tu pequeña cruzada familiar es solo un ruido de fondo que no detendrá el progreso.
Alejandro no buscó una silla. Se acercó al escritorio y dejó caer el libro mayor sobre la superficie de caoba con un golpe seco, un sonido que resonó como un martillo judicial. Salazar se tensó, pero mantuvo la compostura hasta que Alejandro abrió el tomo en la página marcada con el sello de la notaría. Allí, en tinta negra, estaban las transferencias bancarias firmadas por Carlos hacia Don Rafael, fechadas apenas cuarenta y ocho horas antes del incendio que destruyó el taller familiar. La prueba no solo era financiera
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