La verdad detrás del velo
El aire en la sucursal vieja del Banco Nacional era denso, saturado de un olor a cera vieja y el desdén de quienes manejan fortunas ajenas. Alejandro caminó hacia el mostrador de mármol a las 17:45. El guardia, un hombre con la mirada gastada por años de servir a los poderosos, levantó la vista con desgana.
—Cerramos en diez minutos —dijo, sin dejar de mirar sus monitores.
Alejandro no suplicó. Deslizó la llave de bronce sobre la superficie fría. El sonido metálico, seco y autoritario, cortó el silencio del vestíbulo. El guardia se tensó al ver el sello grabado en el metal. Era una reliquia de una época en la que el nombre de su padre aún significaba algo en la ciudad.
—Caja 14. Es una cuestión de herencia crítica —dijo Alejandro, su voz un filo de acero—. Si no entro ahora, la demolición de la fábrica vieja será el menor de nuestros problemas.
El hombre dudó, pero la mención de la demolición era una verdad que ya goteaba en los pasillos del poder. Cuando la puerta de la bóveda se abrió, Alejandro no encontró solo documentos; encontró el mapa de su propia ruina. La última página del libro mayor, sellada con el sello de su padre, confirmaba el desvío de fondos hacia las cuentas de Don Rafael Mendoza, autorizadas por la firma inconfundible de Carlos. Jun
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