Antes de que caiga el martillo final
La lluvia golpeaba el toldo de la cafetería con una cadencia metálica, un tamborileo que marcaba el tiempo que se le escapaba a Alejandro. A las 7:03, empujó la puerta. El timbre sonó, un aviso seco. Carlos ya estaba allí, en la mesa más apartada, con la postura rígida de quien ha comprado el espacio que ocupa. A su lado, el maletín de cuero; a sus flancos, dos hombres de saco oscuro que no apartaban la vista de la entrada.
Alejandro se sentó sin quitarse la capucha empapada. El agua goteó sobre el suelo de baldosas, un charco oscuro que se extendía hacia los zapatos de Carlos.
—Llegas tarde —dijo Carlos. Su voz era un hilo de seda, carente de urgencia.
—Tres minutos. Suficientes para que decidieras si traías el dinero o solo la amenaza.
Carlos abrió el maletín. Los fajos de billetes, ceñidos con bandas bancarias, brillaron bajo la luz fluorescente.
—Dos millones. En efectivo. Entregas el libro mayor, las copias, la grabación de Gregorio y el USB. Firmas la confidencialidad y mañana estarás en un avión. O puedes quedarte y ver cómo la clínica de tu tía se convierte en escombros. El consorcio ya tiene los permisos de demolición para la 712.
Alejandro no miró el dinero. Sacó su teléfono, lo puso boca abajo sobre la mesa y pulsó play.
La voz de Gregorio Salazar, quebrada por el miedo y la vejez, llenó el silencio d
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