El testigo que no puede callar
Alejandro salió de la casa familiar con el libro mayor incompleto metido bajo la chaqueta empapada. La lluvia caía en cortinas gruesas, como si quisiera lavar la grieta que acababa de abrir entre los suyos. Eran las tres y veinte de la madrugada. Quedaban veinticuatro horas y cuarenta minutos para que la subasta cerrara al mediodía. Doce millones que no tenía. Doce millones que significaban: el protocolo experimental perdido para siempre, la clínica donde Elena respiraba por un tubo demolida, el nombre de su padre enterrado bajo la versión oficial.
El celular vibró. Número bloqueado. Contestó. —Te di hasta las siete, sobrino —dijo Carlos, voz rasposa—. Traes todo: el libro mayor, copias, grabaciones. O empieza la demolición. Primero la clínica. Después el terreno viejo. Después… tú. Alejandro dejó que el silencio pesara. —¿Ya contaste cuántos parientes te quedan después de esta noche? —preguntó con calma helada. Un jadeo corto del otro lado. —No juegues al héroe. No tienes el dinero. Y los de arriba no perdonan cabos sueltos. La llamada se cortó.
Alejandro guardó el teléfono y miró la calle negra. La familia estaba fracturada: Marcos había bajado la mirada, Clara se había tapado la boca con las dos manos, Diego había dudado en voz alta. Pero ninguna de esas grietas ponía doce millones en su cuenta ni detenía la excavadora que Carlos ya había alquilado.
Necesitaba al testigo. Gregorio Salazar. El hombre que vio a Carlos entregar el sobre a los que prepararon el incendio.
La calle Bolívar olía a basura mojada y aceite quemado. Alejandro avanzó entre charcos que reflejaban neones rotos. El taller estaba al fondo: puerta de metal oxidado, candado abierto. Empujó.
Adentro, una bombilla desnuda balanceaba luz amarilla sobre Gregorio. El viejo estaba encorvado sobre una máquina de c
Preview ends here. Subscribe to continue.