La puja que quema los puentes
Alejandro salió de la casa vieja con el libro mayor incompleto bajo el brazo, las páginas sueltas envueltas en la misma cinta métrica que su padre usaba para medir cuellos y hombros. El cielo empezaba a clarear, pero el reloj seguía mordiendo: veintiséis horas para conseguir doce millones o ver cómo el protocolo experimental —la última máquina que su padre había diseñado antes del incendio— caía en manos del consorcio.
No fue al hospital. Fue directo a la casa de tía Clara, la única que todavía colgaba una foto del padre en el comedor sin darle la espalda. La puerta estaba entreabierta, voces bajas filtrándose como humo. Alejandro entró sin tocar.
La sala olía a café recalentado y a tensión que llevaba días cocinándose. Tía Clara estaba de pie junto a la ventana, brazos cruzados tan fuerte que los nudillos se le ponían blancos. Diego y Marcos flanqueaban a Carlos en el sofá, los tres con la misma postura rígida de quien espera que el problema se disuelva solo. Cuando Alejandro dejó caer el libro mayor sobre la mesa de centro, el golpe resonó como un martillazo en hueso.
—Página 47 —dijo, voz sin volumen innecesario—. Transferencia firmada por Carlos a la cuenta personal de Don Rafael. Siete días antes del incendio. Y aquí —pasó dos hojas—, la nota de mi padre grapada: «Si algo me pasa, no confíes en el que comparte mi sangre. C.»
El silencio fue instantáneo. Solo quedó el zumbido del refrigerador y el tic-tac de un reloj de pared que nadie había oído en años.
Tía Clara retrocedió un paso. Su mano buscó apoyo en el marco de la ventana y lo encontró. —¿Eso lo escribió él? —preguntó, voz apenas audible.
Carlos no levantó la vista del libro. Sus dedos tambor
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