Sombras en la casa vieja
La lluvia golpeaba el asfalto como monedas arrojadas con rabia. Alejandro abandonó la moto a dos cuadras, capucha empapada, pasos medidos. Veintisiete horas. Doce millones todavía inalcanzables. La suspensión de la puja no era victoria: era una prórroga que Carlos y los de arriba aprovecharían para borrar huellas.
La puerta trasera cedió al tercer impacto de hombro. El olor lo atravesó: moho negro, madera carcomida y ese hilo persistente de lavanda que su madre tejía en cada puntada de la Singer. Entró sin luz. Veinte años de disciplina le permitían leer la oscuridad como un plano conocido.
En la sala principal, la máquina de coser esperaba bajo una sábana que alguna vez fue blanca. Alejandro la descubrió con dos dedos, despacio. El cajón inferior resistió. Lo forzó con la navaja. Entre carretes oxidados y agujas dobladas descansaba la cinta métrica de su padre: cuero gastado, números casi borrados por el uso. La tomó. Pesaba lo mismo que en su memoria.
Se arrodilló frente a la tabla suelta que Elena había marcado en la nota. Tercera desde la pared norte, justo bajo la Singer. Midió desde la pata delantera derecha: cincuenta y siete centímetros exa
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