El primer martillazo que no cae
A las 8:47 de la mañana Alejandro empujó la puerta de cristal esmerilado del salón privado del hospital. Quedaban veintisiete horas y trece minutos para el cierre de la subasta. El aire olía a café de importación, cuero recién estrenado y ese desinfectante caro que solo se usa donde un día de estancia cuesta más que un salario mensual.
La sala ya estaba llena. Mesas de caoba pulida, pantallas grandes mostrando en rojo frío: PUJA BASE 12.000.000 USD – CIERRE: 12:00 MAÑANA. Carlos ocupaba el podio con micrófono en mano, sonrisa de quien ya pagó al árbitro. En primera fila Don Rafael Mendoza, piernas cruzadas, maletín negro sobre las rodillas como si la sala le perteneciera por derecho. Diego y tres hombres de traje gris cuchicheaban detrás.
Alejandro avanzó por el pasillo central. El murmullo cesó como si alguien hubiera apagado el sonido.
—Mira quién llegó —dijo Carlos al micrófono, voz amplificada y burlona—. El héroe de guerra quiere ver cómo rematamos lo último que le queda de apellido.
Risas cortas, medidas. Alguien susurró «todavía huele a mugre de calle». Don Rafael ni levantó la vista del teléfono; solo agitó los dedos como espantando un mosquito.
Alejandro no respondió. Sacó del bolsillo interior un sobre manila sellado con lacre rojo, lo sostuvo un segundo en alto y lo depositó con calma frente al moderador.
—Objeción formal a la puja base —dijo sin alzar la voz—. Prueba de soborno al comité evaluador.
Silencio. Luego risitas nerviosas de dos asistentes.
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