Chapter 11
El aire en el sótano del corporativo no olía a archivos, sino a ozono y a la urgencia metálica de una trampa que se cerraba. Alejandro se pegó al concreto frío, con los pulmones ardiendo. A diez metros, dos mercenarios corporativos barrían el pasillo con linternas tácticas; sus movimientos, precisos y desprovistos de la torpeza de un guardia común, delataban que no protegían el edificio, sino que lo ocupaban. Alejandro apretó la llave que Carmen le había confiado, el único metal real en un mundo donde sus activos habían sido evaporados por una quiebra técnica orquestada desde dentro.
El sistema de seguridad, instalado bajo su propia supervisión hace años, ahora era un arma apuntando a su nuca. Las puertas magnéticas emitían un zumbido rítmico, manipulando las rutas de escape para conducirlo a un callejón sin salida.
—Sé que estás aquí, Alejandro —la voz del jefe de seguridad rebotó en los conductos, distorsionada y cargada de una familiaridad insultante—. Tu firma ya no vale ni el papel en el que está escrita. La junta ha cerrado el acta. Estás fuera.
Alejandro no respondió. Se deslizó por un conducto de ventilación, emergie
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