Chapter 12
El aire en la planta 42 no era oxígeno; era presión pura. El token de mando maestro, un cilindro de titanio frío, emitía un pulso azul constante sobre la caoba. Alejandro no miraba a los consejeros, cuyos rostros habían pasado del desdén a la palidez cadavérica. Miraba la pantalla de la mesa: el feed de seguridad mostraba a la policía federal siendo bloqueada en el vestíbulo por hombres con uniformes tácticos sin insignias. El edificio era una fortaleza privada, y él estaba dentro.
—La Fundación A.V. no es un fondo de inversión —dijo Alejandro, su voz cortando el silencio como un bisturí—. Es un sumidero. Cada acción que votaron en los últimos tres años ha sido una transferencia directa a una entidad que ni siquiera existe en el registro mercantil. Yo soy el único que posee la llave de reversión.
El Enforcer, un hombre cuya lealtad se compraba con el miedo, se acercó a la cabecera. No estaba derrotado; estaba esperando. Señaló la pantalla. El video cambió: ya no eran los pasillos, sino el despacho privado del fundador, di
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