Chapter 8
El pasillo lateral de la sala de juntas olía a desinfectante industrial y al pánico contenido de los ejecutivos que, hace apenas una hora, se creían dueños del destino de la empresa. Alejandro no escuchaba los gritos de Rafael ni el murmullo de los agentes federales que precintaban los archivadores. Solo escuchaba el pulso de su propia sangre y la voz, gélida y familiar, que le llegaba a través del auricular.
—Si vuelves a mover una sola pieza, Alejandro, la siguiente noticia que recibas de Carmen será su acta de defunción —la voz de Julián era una caricia de lija. Era el hombre que no buscaba la empresa, sino el rastro de cenizas que su pasado compartía con la clínica.
Alejandro observó a través del cristal reforzado. Dentro, el caos era absoluto. Rafael, con la corbata deshecha y el rostro desencajado, intentaba negociar con los agentes. En el bolsillo interior de su saco, el anexo original —el documento que vinculaba las cuentas de la empresa con la clínica— pesaba como una sentencia. Tenía diez minutos antes de que el cerco se cerrara sobr
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