Caída en desgracia
La orden cae
El zumbido del soldador aún vibraba en los huesos de Mateo cuando la voz del Director Kaelen cortó el aire como un relámpago seco.
—Atención, ciudadanos de la Torre. Mateo Vega, identificador 17-B-874, ha sido clasificado Criminal Tecnológico Nivel Alfa por posesión, instalación y uso no autorizado de tecnología militar prohibida. Toda colaboración con el sujeto será considerada traición al orden estructural.
La pantalla improvisada del taller —un panel de chatarra rescatado del nivel 12— se tiñó de rojo institucional. El rostro severo de Kaelen ocupaba cada centímetro, los ojos grises clavados en cámara como si supiera exactamente dónde estaba Mateo.
Tres minutos.
Eso era lo que marcaba el cronómetro fantasma que el módulo azul proyectaba en la esquina de su visión: 2:58… 2:57…
Valeria Solís ya estaba junto al Perro de Hierro, con los dedos volando sobre el panel de diagnóstico portátil. —No hay tiempo para desconectar el módulo. Si lo apagas ahora, el núcleo cae por debajo del 12 % y no volvemos a encenderlo antes de que lleguen.
Mateo se apoyó en el andamio, el pecho ardiendo donde el enlace neural había quemado tejido horas antes. Cada respiración era un cuchillo.
—¿Cuánto tardan los sellos perimetrales en bajar?
—Noventa segundos si ya desplegaron los drones primarios. Ciento veinte si todavía están subiendo desde el nivel 19. —Valeria no levantó la vista—. Ya oí los ascensores primarios detenerse hace cuarenta segundos.
Mateo miró el Perro de Hierro. El brazo izquierdo recién reconstruido brillaba con líneas azules finas como venas; la recalibración Centinela había soldado las costillas dobladas y elevado el límite estructural al 41 %. Pero el núcleo seguía en 38 % y cayendo lento. Demasiado lento.
—Entonces subimos ya —dijo Mateo, y la decisión le salió ronca—. Con o sin protocolo de eyección.
Valeria giró hacia él, los ojos abiertos de incredulidad contenida. —Estás sangrando por la comisura de la boca. El módulo te está comiendo pedazos de pulmón para mantener el flujo. Si haces un salto forzado ahora, no llegas al nivel 22 vivo.
—No pretendo llegar vivo al 22. —Mateo se limpió la sangre con el dorso de la mano—. Pretendo llegar al ascensor del sector 17-C antes de que lo sellen.
Silencio de dos latidos.
Valeria cerró el panel de diagnóstico con un chasquido. —Entonces muévete. Yo cubro la consola de distracción.
Mateo trepó al cockpit abierto. El asiento lo recibió caliente, casi febril. Cuando encajó el arnés, el módulo azul respondió con un latigazo eléctrico que le arrancó un jadeo. Líneas de dolor le treparon por las costillas como si alguien hubiera vertido mercurio fundido en sus venas.
Perro de Hierro – núcleo: 37 %. Firma energética: detectada – nivel 4 – protocolo Alfa activo.
La voz sintética del módulo sonó dentro de su cráneo, fría y precisa.
Mateo apretó los dientes. —Ignora protocolo de integridad piloto. Prioridad: ascensor 17-C. Sobrecarga de pulso direccional en tres… dos…
Valeria ya estaba en la consola auxiliar, dedos volando. —Estoy desviando los sensores perimetrales hacia el pasillo falso 17-B-9. Tienes cuarenta segundos de ventana ciega. No la desperdicies.
El Perro de Hierro se irguió con un gemido metálico. El brazo reconstruido se flexionó; las articulaciones cantaron afinadas por primera vez en años. Mateo sintió el peso nuevo, el equilibrio distinto, la respuesta casi viva del chasis.
Pero también sintió cómo el módulo le succionaba otra hebra de vida para pagar esa potencia.
Un estruendo lejano: puertas de contención abriéndose en el corredor principal.
—Ahora —dijo Valeria.
Mateo accionó el pulso direccional.
Una onda azul-gris estalló desde el pecho del Perro de Hierro. No era un disparo limpio; era una sobrecarga cruda, sucia, desesperada. Los monitores del taller estallaron en chispas. Las luces parpadearon y murieron. El sistema de seguridad local gritó una alarma quebrada antes de apagarse.
Valeria corrió hacia el cockpit abierto y saltó al asiento auxiliar sin pedir permiso. —Cierra y sube.
Mateo accionó el cierre de cabina. Las placas se sellaron con un golpe sordo.
El Perro de Hierro cargó.
Pasillos estrechos del nivel 21 bajo se abrieron ante ellos como heridas. Drones de contención surgieron de las rejillas laterales; el módulo azul los marcó en rojo antes de que Mateo siquiera pudiera parpadear.
Disparó el cañón de pulsos del antebrazo izquierdo —el nuevo— y los dos primeros drones se deshicieron en lluvia de escoria ardiente.
Llegaron al ascensor 17-C con doce segundos de margen.
Las puertas ya estaban cerrándose.
Mateo lanzó el Perro de Hierro hacia adelante en un salto que hizo crujir el suelo de chapa. El chasis golpeó el marco, astilló metal, y se coló en el hueco justo cuando las puertas se cerraron con un clang final.
Del otro lado, el primer enjambre de drones chocó contra el sellado.
Dentro del ascensor, la luz de emergencia parpadeaba ámbar.
Mateo respiraba por la boca, cada inhalación un fuego. La interfaz neural mostraba:
Núcleo: 34 %. Daño tisular piloto: crítico – extracción de tejido vivo en curso.
Valeria, todavía sujeta al asiento auxiliar, lo miró de reojo. —El módulo… está compensando la falta de combustible de los pisos superiores. Está usando tu sangre para pagar el ascenso.
Mateo no respondió. Solo apretó el control de subida.
El ascensor comenzó a trepar con un gemido cansado.
En la pantalla pequeña del cockpit apareció un aviso táctico nuevo, letras azules frías:
Objetivo primario actualizado: Nivel 30 – Punto de ruptura perimetral. Sobrecarga tisular estimada hasta ruptura estructural piloto: 47 minutos.
Mateo cerró los ojos un segundo.
Luego los abrió y murmuró: —Entonces tenemos 47 minutos para demostrar que se equivocaron al subestimarnos.
El ascensor siguió subiendo, y el zumbido del módulo azul se volvió más grave, más hambriento.
Caza en el nivel 30
El núcleo del Perro de Hierro palpitaba al 41 % y caía medio punto cada diecisiete segundos. Mateo sintió el primer pinchazo real en las costillas izquierdas —no el dolor fantasma del brazo reconstruido, sino algo vivo que se desgarraba dentro de su propio pecho cada vez que el módulo azul extraía para mantener el chasis en movimiento.
Corrió por el corredor principal del nivel 30, botas magnéticas resonando contra el suelo de rejilla. Detrás, las luces estroboscópicas de las unidades de contención Alpha-7 pintaban las paredes de rojo intermitente. Siete drones pesados, dos escuadrones de infantería mecanizada y un rastreador aéreo que ya había perdido de vista entre las vigas.
—Treinta y ocho segundos para el primer bloqueo —murmuró la voz sintética del módulo en su oído interno—. Pasarela 17-C sellada en 9… 8… 7…
Mateo giró a la derecha en una intersección llena de tuberías reventadas. El brazo izquierdo del Perro de Hierro —recién recompuesto con vectores Centinela— se extendió como un látigo hidráulico y arrancó una válvula de presión. Vapor blanco estalló en una cortina densa que ocultó su silueta por cuatro segundos valiosos.
El comunicador crepitó.
—Vega, estás sangrando firma energética en delta-4. —La voz de Valeria sonaba tensa, casi metálica por la encriptación—. Tienen tres trianguladores fijos en el sector. Si usas el pulso otra vez, te localizan en menos de nueve segundos.
—No tengo nueve segundos —gruñó Mateo. Tosió; sabía a cobre—. Dime por dónde.
Un mapa táctil se desplegó en su visión: líneas azules fantasma que marcaban conductos, flujos de ventilación y puntos ciegos de sensor. El módulo no hablaba con palabras bonitas; dibujaba rutas de supervivencia en azul vivo contra el rojo de las amenazas.
—Conducto 19-B, sesenta metros al frente, bajada vertical. Pero el núcleo está en 39.2 %. Si entras en modo compacto ahora, pierdes el 7 % restante en la compresión. No habrá marcha atrás hasta recargar.
Mateo apretó los dientes. El dolor en el pecho se extendía hacia el hombro como si alguien le hubiera clavado un cable vivo.
Las botas del primer escuadrón resonaron a cuarenta metros. Un lanzagranadas abrió fuego; la explosión arrancó media pared a su izquierda. Fragmentos de metal rebotaron contra el blindaje del Perro.
Mateo activó el pulso direccional.
El módulo rugió dentro de su cráneo. Sintió cómo le arrancaba tejido —no metáfora, carne real— para alimentar la sobrecarga. El brazo izquierdo brilló azul cegador y golpeó la pasarela superior en un ángulo preciso.
La estructura cedió con un gemido metálico ensordecedor. Cien toneladas de rejilla y viga cayeron sobre los dos escuadrones que avanzaban. Gritos cortados, luces rojas apagándose bajo el acero.
El núcleo bajó a 32.8 % en un latido.
Mateo no se detuvo a mirar. Corrió cojeando, el Perro ahora arrastrando la pierna derecha por el actuador dañado en la caída. El conducto de ventilación apareció al final del pasillo: una boca cuadrada de dos metros, rejilla ya arrancada por mantenimiento previo.
—Modo compacto —ordenó.
El chasis crujió. Brazos plegados, torso comprimido, piernas recogidas en una configuración que apenas cabía en el hueco. El módulo compensó la pérdida estructural extrayendo más de Mateo; sintió un hilo caliente bajar por su nariz.
Se introdujo. El conducto se cerró detrás con un clang hidráulico programado por el sistema de emergencia. Oscuridad total salvo el tenue brillo azul del núcleo en su pecho.
Las alarmas secundarias resonaron lejanas, furiosas. Voces amplificadas gritaban órdenes de sellado perimetral.
Mateo apoyó la frente contra el metal frío. Sangre tibia le goteaba sobre el labio.
—Valeria… —susurró por el canal privado.
—Sigo aquí.
—El módulo… ya no solo toma energía del tanque. Me está comiendo a mí.
Silencio tres segundos.
—Lo sé —respondió ella al fin, voz baja—. Los datos Centinela lo advertían. En pisos superiores no hay combustible pasivo suficiente. Tendrá que sacar de donde pueda.
Mateo cerró los ojos. El núcleo marcaba 31.4 % y seguía descendiendo.
Arriba, en algún despacho blindado, supo que Kaelen ya habría firmado la orden definitiva.
Criminal tecnológico nivel Alfa.
Ya no había taller, ni deuda, ni ranking que escalar.
Solo subida o muerte.
Y el conducto ascendía hacia el nivel 31.
Símbolo en las sombras
El conducto vertical olía a óxido caliente y sangre vieja. Mateo se aferraba al arnés improvisado mientras el Perro de Hierro ascendía metro a metro, las patas magnéticas chirriando contra las paredes curvas. Cada vibración le arrancaba un latigazo de dolor desde las costillas hasta la nuca. El núcleo marcaba 39 % estable. Bajaba medio punto cada cuarenta segundos.
La interfaz neural escupía alertas rojas sin parar: Sobrecarga biológica: 17 % tejido comprometido. Advertencia: extracción vital secundaria detectada. Detener en 4:12.
Mateo escupió un hilo de sangre que salpicó el visor interior. No era la primera vez que el módulo azul le cobraba precio, pero ahora lo hacía con saña. Cada escalón que subían le arrancaba un pedazo más grande de pulmón.
Abajo, muy abajo, las voces empezaban a llegar fragmentadas a través de los canales piratas que los chatarreros mantenían vivos a pesar de los bloqueos.
—…el Chatarrero sigue subiendo… —Dicen que reventó tres Centinelas en el nivel 28… —Kaelen ya puso precio a su cabeza…
Mateo cerró los ojos un segundo. No quería ser símbolo de nada. Quería que su madre y sus hermanos dejaran de trabajar turnos dobles en las fundiciones del subsuelo. Quería que el nombre Vega dejara de ser sinónimo de deuda. Pero la Torre no preguntaba qué querías; solo medía lo que lograbas antes de morir.
El mech dio un salto corto y se enganchó a la siguiente sección. La rejilla superior del nivel 35 estaba a treinta metros. Cerrada con sello de seguridad clase B. Detrás: acceso restringido, oxígeno más limpio, combustible de grado medio y —quizá— una oportunidad de respirar sin toser sangre.
El módulo pulsó en su nuca, caliente como hierro al rojo. Una oleada de datos táctiles le recorrió el brazo izquierdo recién reconstruido: vectores de fuerza óptimos, ángulos de impacto, punto débil en la soldadura de la rejilla. También le mostró el precio exacto de usarlo otra vez.
Extracción vital proyectada: +9 % tejido pulmonar. Probabilidad de hemorragia masiva: 41 %.
Mateo apretó los dientes hasta que sintió crujir la mandíbula.
—Vamos, perro —susurró—. Una más.
Activó la sobrecarga manual.
El azul del módulo se volvió carmesí por un instante. El Perro de Hierro rugió —no el rugido mecánico habitual, sino algo vivo, hambriento— y se impulsó hacia arriba con una aceleración que aplastó a Mateo contra el asiento. Los actuadores gritaron. La estructura crujió en tres puntos distintos. Pero subió.
Diez metros. Quince. Veinte.
La sangre le llenaba la boca más rápido de lo que podía tragar. Tosió contra el interior del casco; el visor se salpicó de rojo.
A veintiocho metros la rejilla apareció. El módulo marcó el punto exacto: unión inferior izquierda, tornillo de titanio grado 7.
Mateo alineó el brazo reconstruido.
Disparó el cañón de pulsos a quemarropa.
La explosión retumbó por todo el conducto. La rejilla se dobló hacia afuera como lata abierta con cuchillo. El Perro de Hierro pasó raspando, arrancando pedazos de metal y dejando un rastro de chispas azules.
Nivel 35.
Mateo se desplomó sobre los controles. El núcleo marcaba 34 %. El módulo emitía pulsos rojos intermitentes: Advertencia crítica. Apagado forzado en 1:47.
Entonces la voz llegó limpia, sin interferencias, por el canal oficial de emergencia que nunca usaba.
—Atención, Mateo Vega. —La voz del Director Kaelen era calma, casi paternal—. Por orden del Consejo de Estabilidad, se le declara criminal tecnológico nivel Alfa. Toda resistencia será considerada traición a la Torre. Ríndase de inmediato y se le garantizará juicio justo.
Silencio de tres latidos.
Luego, la misma voz, más baja, solo para él:
—No hagas esto más difícil, muchacho. Ya perdiste.
Mateo sonrió con los dientes manchados. Tosió otra vez. Sangre en el guante.
Levantó la mirada hacia la siguiente sección del conducto. Más arriba. Siempre más arriba.
—No he empezado a jugar todavía —murmuró.
Y pisó el acelerador.