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Chapter 6: La brecha en el sistema

Herido y con el núcleo al borde del colapso tras el duelo en el nivel 20, Mateo llega al taller clandestino donde Valeria lo intercepta. A cambio de ver el módulo azul en acción, ella le entrega datos del Proyecto Centinela. Juntos realizan una recalibración prohibida que eleva el núcleo del Perro de Hierro a 41 % estable y reconstruye el brazo perdido, pero a costa de daño físico severo en Mateo y la revelación de que la Torre drena energía de los Mechs bajos. La alianza queda consolidada en una frágil promesa mutua de supervivencia mientras el tiempo para escapar se agota.

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La brecha en el sistema

El Perro de Hierro salió del ring del nivel 20 cojeando como bestia degollada, el muñón del brazo izquierdo escupiendo chispas y cables colgando como tendones rotos. Núcleo al 9 %. Mateo sintió cada latido rojo en su propio pecho, un puñetazo sordo que le robaba el aire. El módulo azul, hundido entre las costillas dobladas del chasis, había completado la sincronización nerviosa en el último segundo del duelo contra Hierro Negro. Ahora el dolor no era solo del mech: era suyo. El hueco ardiente donde debería estar el codo izquierdo le quemaba el hombro real, y cada paso del Perro le arrancaba un jadeo que se le escapaba entre los dientes.

Siete minutos de gracia. Las luces rojas de contención ya barrían los corredores superiores. Bajó por la escalera de servicio, el blindaje rozando las paredes con chirridos que resonaban como gritos. No había tiempo para ascensores principales. El núcleo no podía caer por debajo del 5 % o el sistema forzaría apagado total e irreversible. Y con él, la última oportunidad de su familia.

Llegó al taller clandestino del 19-B con las piernas temblando dentro de la cabina. Conectó el último cable de la batería de emergencia; el monitor parpadeó en verde sucio. 8 %. Mateo cayó de rodillas fuera del cockpit, la palma contra el suelo grasiento, sintiendo cómo su propio pulso se ralentizaba al ritmo del núcleo moribundo. El módulo azul zumbaba grave, reparando a cuentagotas, robando energía de su propio cuerpo para mantener vivo al Perro. Dolor compartido. Vida compartida.

La puerta sellada vibró una sola vez. Pulso magnético limpio, militar. Mateo levantó la cabeza. Valeria Solís entró sin escolta, sin placa visible, el uniforme desabrochado en el cuello y el cabello pegado a la frente por sudor fresco. En la mano derecha llevaba un chip blindado del tamaño de una moneda grande.

—No deberías estar aquí —dijo Mateo, todavía de rodillas.

—Y tú no deberías estar vivo después de devolverle el misil a Hierro Negro en directo. —Valeria dio tres pasos medidos hacia el centro del taller—. Pero aquí estamos los dos rompiendo protocolos Alfa.

Mateo se puso de pie despacio. El dolor fantasma le atravesó el bíceps inexistente.

—¿Qué quieres?

—Verlo funcionando. De verdad. —La voz de ella era acero envuelto en terciopelo—. A cambio te doy esto. —Levantó el chip—. Datos del Proyecto Centinela. Vectores Epsilon-9. Suficiente para que el módulo no te queme la médula la próxima vez.

Mateo la miró fijo. Ella no apartó la vista.

—Si activo el módulo ahora, la firma energética se dispara otra vez. Las sondas de contención nos encontrarán en minutos.

—Entonces muéstrame solo una secuencia mínima. —Valeria se acercó un paso más—. Demuéstrame que vale la pena arriesgar mi cuello.

Mateo dudó tres segundos. Luego se inclinó sobre el cockpit abierto y tocó la secuencia de arranque parcial. El módulo azul cobró vida con un zumbido que le vibró en los dientes. Un brillo frío inundó el taller. Hologramas fragmentados se proyectaron en el aire: diagramas de flujo energético, trayectorias imposibles, puentes de transferencia sin pérdida térmica. Valeria contuvo el aliento.

—Es él —susurró—. Epsilon-9. Lo enterraron hace quince años.

Extendió el chip. Mateo lo tomó con dedos temblorosos.

—Tienes treinta y siete horas —dijo ella—. Después de eso el expediente Vega se cierra por orden directa de Kaelen. Y yo… yo quedo como cómplice si no entrego algo.

Mateo conectó el chip al puerto secundario del chasis. La interfaz del Perro parpadeó: VECTOR NO AUTORIZADO – Epsilon-9 detectado. El módulo respondió con un ronroneo grave.

—No tenemos nueve minutos —advirtió Valeria—. Las sondas barren este sector. Si el módulo emite otra firma mientras recalibramos, no hay excusa.

—No hay otra opción —respondió Mateo—. O subimos el límite del núcleo o el Perro muere aquí. Y yo con él.

Se recostó en la silla de pilotaje improvisada. Los neuroconectores se clavaron en su nuca. Valeria se colocó frente al panel auxiliar, dedos volando sobre los comandos.

—Los vectores Centinela permiten puentes de energía sin pérdida —explicó mientras escribía código—. Si redirigimos el flujo por esa ruta, el chasis aguanta hasta 41 % estable sin reventar los sensores de clase. Pero tienes que mantener la sincronía completa. Si te desmayas, el módulo compensa solo… y te fríe.

Mateo cerró los ojos. Sintió cómo la conexión nerviosa se profundizaba. Cada línea de código que Valeria introducía le llegaba como agujas calientes en la columna. El módulo zumbaba más fuerte. Entonces, un fragmento de log militar se desplegó en la interfaz: Diseño estructural – Absorción pasiva de energía de unidades de niveles bajos. Eficiencia objetivo: 92 %. Retorno real: 8 %.

Valeria se congeló.

—La Torre… —susurró—. No es solo una escalera. Está diseñada para drenar los Mechs de abajo. Por eso nunca dejan subir a nadie de verdad.

Mateo apretó los dientes. El dolor le nublaba la visión.

—Sigue.

La recalibración terminó con un chasquido seco. El núcleo saltó de 9 % a 41 % estable. El brazo reconstruido se flexionó con precisión quirúrgica, los nuevos actuadores cantando. Pero el precio llegó de golpe: Mateo se dobló hacia adelante y vomitó sangre sobre el suelo grasiento. El módulo había tomado tejido vivo para estabilizar el flujo.

Valeria lo sostuvo por los hombros antes de que cayera.

—Toma. —Le puso en la mano un segundo chip más pequeño—. Es parcial. Mapas de flujo, esquemas básicos. Lo suficiente para que sobrevivas la próxima pelea. El resto… implicaría entregar también los sellos de mi padre.

Mateo levantó la mirada, la boca todavía manchada de rojo.

—¿Por qué?

Ella dudó. Tocó la cicatriz fresca en el hombro de Mateo, donde el módulo había quemado carne para salvar el núcleo.

—Porque si te descubren ahora, no solo te desguazan a ti. Me desguazan a mí también. —Su voz tembló apenas—. Y ya no sé si quiero seguir siendo parte de esto.

Mateo cerró los dedos alrededor del chip ensangrentado.

—Entonces corre conmigo.

Valeria negó con la cabeza.

—No todavía. —Se giró hacia la salida de emergencia—. Pero si sales vivo de la próxima cacería… búscame.

Abrió la compuerta. El ascensor de servicio esperaba abajo.

—Si te descubren —dijo con voz baja—, ambos terminaremos en el desguace.

Mateo apretó el chip contra su pecho. Entró al ascensor sin mirar atrás. Las puertas se cerraron. En la penumbra del taller quedó solo el zumbido del Perro de Hierro, ahora más fuerte, más vivo… y mucho más peligroso.

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