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Chapter 5: Duelo en el nivel 20

Mateo repara frenéticamente el brazo perdido del Perro de Hierro mientras las unidades de contención se acercan. El módulo azul envía su primera señal táctil clara —un mapa de dolor fantasma que guía la reconexión imposible— y sincroniza parcialmente con el sistema nervioso de Mateo, permitiéndole sentir el daño del mech como propio. Logra reactivar el brazo y escapar del taller justo cuando las luces de contención barren el lugar, dirigiéndose al ascensor hacia el nivel 20. Mateo irrumpe en el acceso al ring del nivel 20 con el Perro de Hierro dañado y el tiempo de auditoría agotándose. Aprovecha la explosión de vistas en los niveles inferiores para forzar al controlador a aceptar el duelo no programado contra Hierro Negro. La multitud virtual lo respalda y el sistema cede por presión pública. Al entrar al ring, la pantalla muestra su deuda aplastante y el módulo azul comienza a sincronizarse con su sistema nervioso, haciéndole sentir el daño del Mech como propio. Combate en directo contra Hierro Negro. Mateo sobrevive los tres minutos críticos usando el módulo para reescribir trayectorias de misiles y proyectiles, logrando una maniobra imposible que devuelve el ataque enemigo. En el clímax, el módulo sincroniza parcialmente con su sistema nervioso, haciéndole sentir el daño del brazo perdido del Perro de Hierro como propio. Hierro Negro cae fuera del ring con núcleo crítico; Mateo gana por KO técnico, pero pierde completamente el brazo izquierdo del mech y el núcleo desciende a 9 %, aumentando el costo físico y emocional de la progresión. Mateo recibe los escasos créditos del premio mientras el público lo aclama. El módulo azul completa su sincronización nerviosa, haciendo que sienta el daño del Perro de Hierro en su propio cuerpo. Valeria le entrega en secreto el chip con los datos del Proyecto Centinela y le advierte del peligro mortal que corren ambos si los descubren, antes de desaparecer. Mateo aprieta el chip ensangrentado aceptando el nuevo costo físico irreversible de su ascenso.

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Duelo en el nivel 20

La sirena en el taller

El zumbido de la sirena atravesó el taller como un cuchillo. Nueve minutos. El contador rojo en la pared parpadeaba: 08:47… 08:46…

Mateo ya tenía las manos dentro del pecho abierto del Perro de Hierro. El núcleo descendía sin piedad: 34 % y cayendo. Si llegaba a 18 antes de que terminara la reparación, el mech se apagaría solo y las unidades de contención ni siquiera tendrían que disparar; simplemente lo remolcarían como chatarra muerta.

—Vamos, viejo —susurró mientras reconectaba el cableado del actuador principal del brazo derecho—. Solo aguanta un poco más.

El brazo colgaba inerte, arrancado a la altura del hombro en el duelo del nivel 10. El muñón era un desastre de metal retorcido y servos quemados. Sin él, el Perro de Hierro no podía ni sostener el escudo improvisado que Mateo había soldado con restos de contenedor. Y sin escudo, el duelo del nivel 20 sería una ejecución pública.

El módulo azul, incrustado ahora en el núcleo secundario, emitía un pulso bajo, casi orgánico. Mateo lo sentía en los dientes cada vez que tocaba el chasis. No era solo energía; era algo que observaba.

Un pitido agudo. El contador saltó: 07:12.

Las luces del taller parpadearon una vez. Luego otra. El núcleo principal del sector estaba siendo drenado para forzar un apagón localizado. Protocolo estándar cuando las unidades de contención querían evitar testigos.

Mateo apretó los dientes y metió el brazo entero dentro del compartimento del torso. Sus dedos encontraron el conector dañado del sistema hidráulico. Lo arrancó de un tirón. Sangre y aceite le salpicaron la cara. No se limpió. No había tiempo.

Entonces lo sintió.

No fue dolor exactamente.

Fue un mapa.

Un relámpago de sensaciones que no eran suyas: el peso muerto del brazo perdido, la tensión rota en los tendones de polímero, el vacío donde debería haber estado el retroalimentador de fuerza. Y al mismo tiempo, una línea limpia, imposible, que recorría el hombro fantasma hasta el codo inexistente y terminaba en una garra que aún podía cerrar.

El módulo azul latía más rápido.

Mateo se quedó inmóvil un segundo entero.

—¿Me estás… hablando? —murmuró.

No hubo voz. Solo otra oleada: dolor fantasma + coordenadas precisas + una orden muda de reconectar el circuito terciario que él había descartado porque estaba frito.

Miró el cable quemado que había dejado a un lado. Luego al módulo. Luego al contador: 05:19.

—Maldita sea.

Arrancó el circuito terciario muerto y lo puenteó directamente al primario usando un trozo de alambre de cobre que tenía en el cinturón. Sus manos temblaban, pero no por miedo. Por la descarga que subía por sus antebrazos cada vez que tocaba el módulo. Como si el Perro de Hierro y él compartieran el mismo sistema nervioso.

El brazo se contrajo una vez. Dos. Luego se levantó con un chirrido metálico que hizo vibrar todo el taller.

Mateo soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo.

El núcleo subió de golpe: 41 %.

No era solo reparación. Era reinicio.

El módulo había reescrito la curva de consumo energético en tiempo real.

Mateo se subió a la cabina abierta. Sus dedos encontraron los controles manuales. El HUD parpadeó y mostró un nuevo overlay: líneas azules que trazaban trayectorias que no deberían existir en un chasis de clase baja.

Pulsó el arranque.

El Perro de Hierro rugió. El suelo tembló.

Justo cuando las primeras luces de las unidades de contención barrieron la entrada del taller, Mateo pisó el acelerador. El mech se lanzó hacia adelante, el brazo recién reactivado alzado como un desafío.

Las puertas metálicas se abrieron de golpe.

El contador marcó 00:47 cuando el Perro de Hierro salió disparado hacia el ascensor de nivel 20.

Detrás, las sirenas se volvieron locas.

Delante, la Torre esperaba.

Acceso forzado al nivel 20

El ascensor de carga tembló al detenerse en el nivel 20. Las puertas se abrieron con un silbido hidráulico y el olor a ozono y metal recalentado golpeó a Mateo como un puñetazo. El Perro de Hierro cojeaba detrás de él, cada paso hacía crujir las costillas dobladas del chasis. El núcleo energético marcaba 34 % en el HUD retinal. Treinta y cuatro por ciento y cayendo.

Mateo no esperó la autorización. Avanzó directo hacia el arco de acceso del ring de exhibición. Dos guardias de la Academia —uniforme negro, visor opaco— levantaron las palmas en señal de alto. El controlador de ring, un hombre flaco con el emblema alfa bordado en el pecho, ya estaba hablando por el comunicador de muñeca.

—No está programado. Retírate o activamos contención nivel tres.

Mateo se detuvo justo en la línea roja del sensor. El brazo derecho del Perro colgaba inerte, cableado improvisado goteando fluido hidráulico sobre el suelo pulido. Levantó la barbilla hacia la pantalla gigante que dominaba el vestíbulo.

Allí estaba su nombre: Mateo Vega – Posición 187 – Observación Prioritaria Nivel Alfa.

Debajo, en letras rojas más pequeñas: Firma energética desconocida detectada – Protocolo de auditoría en curso – 47 minutos restantes antes de bloqueo total.

La transmisión en vivo desde los niveles inferiores ya había explotado. El contador de vistas subía en saltos de miles: 2.1 M → 2.4 M → 2.8 M. Los comentarios corrían como sangre:

“El Chatarrero llegó al 20 con un brazo menos y todavía respira.” “Kaelen va a tener que tragarse esa sonrisa de plástico.” “Si lo dejan pelear, rompo mi cuenta de ahorro por él.”

Mateo miró al controlador.

—Hierro Negro está esperando dentro. Su slot de exhibición empieza en siete minutos. Si me niegas el acceso ahora, la transmisión se corta y los niveles bajos van a ver cómo la Academia le tapa la boca a un escalador que ya está en Alfa. ¿Quieres ser el tipo que aparece en todos los memes mañana?

El controlador parpadeó. Sus ojos se movieron rápido entre la pantalla, el contador de vistas y el Mech maltrecho que respiraba vapor por las juntas reventadas.

—Tienes treinta segundos para presentar autorización de combate oficial.

—No la tengo —dijo Mateo—. Pero tengo doscientas ochenta mil personas viéndome en este momento y subiendo. Y tengo esto. —Golpeó con los nudillos el módulo azul empotrado en el pecho del Perro. Un pulso frío le recorrió el antebrazo, como si el cristal respondiera al contacto.

El controlador tragó saliva. Miró de nuevo la pantalla. 3.1 millones.

—Protocolo de excepción por presión pública —masculló al comunicador—. Aceptamos combate no programado. Piloto Vega contra piloto designado Hierro Negro. Autorización forzada por audiencia en vivo. Que conste en acta.

Las puertas del ring se abrieron con un rugido mecánico. Luces blancas cegadoras inundaron el espacio. El rugido de la multitud grabada estalló desde los altavoces: no había gradas físicas en el nivel 20 para escaladores no élite, pero la Academia transmitía el sonido de las masas de los niveles inferiores como si estuvieran ahí.

Mateo caminó hacia el centro del ring. El Perro de Hierro avanzó cojeando, el pie izquierdo arrastrando chispas. La pantalla gigante giró y mostró el saldo en rojo sangre:

Deuda familiar Vega: -87.400 créditos

Estado del activo Mech: crítico – reparaciones estimadas 94.200 créditos

Ganancia por victoria: 120.000 créditos (sujeto a auditoría)

Mateo apretó los dientes. La diferencia era visible, cruel, imposible de ignorar.

Del otro lado del ring emergió Hierro Negro: sesenta toneladas de aleación negra mate, cañones de riel alineados en los hombros, núcleo estable al 98 %. El piloto dentro ni siquiera se molestó en abrir canal de voz. Solo un icono de confirmación frío en el HUD de Mateo.

El módulo azul latió una vez contra su esternón. No era calor. Era algo más íntimo. Como si una segunda piel intentara crecer debajo de la suya.

Mateo flexionó los dedos dentro del guante de control. Sintió el cableado del Perro responder… y luego sintió el dolor sordo en su propio hombro derecho, exactamente donde el actuador del brazo perdido había sido arrancado.

Se quedó quieto un segundo.

El módulo ya no solo potenciaba el Mech.

Ahora también lo conectaba a él.

La sirena de inicio sonó. El ring se iluminó rojo.

Mateo respiró hondo y murmuró para sí mismo:

—Vamos, Perro. Si sangramos, que sea juntos.

Y avanzó hacia el centro del infierno público.

Reescritura de trayectoria

El rugido de la multitud llegaba amortiguado a través del blindaje del Perro de Hierro, pero el contador en la esquina del visor era cruelmente nítido: 2:47 restantes de los tres minutos que necesitaba para que la transmisión oficial registrara la maniobra como válida. Si caía antes, la victoria no contaba. Si el núcleo bajaba del 12 %, el sistema de emergencia lo apagaría todo y lo declararía muerto en combate.

Hierro Negro giró en el aire, tres toneladas de aleación negra y oro suspendidas por propulsores de plasma puro. El cañón de riel en su hombro derecho ya acumulaba carga; Mateo lo sintió antes de verlo: el zumbido grave que hacía vibrar los dientes dentro del casco.

—Treinta y dos grados a la derecha, ascenso 14 —murmuró el módulo en su oído izquierdo, no con voz, sino con pulsos eléctricos que le recorrían la nuca como dedos fríos.

Mateo torció el yugo. El Perro de Hierro patinó lateral, el pie izquierdo dejando surcos humeantes en el ceramacre del ring. El disparo pasó tan cerca que el aire se ionizó y el HUD parpadeó blanco por medio segundo.

La multitud rugió. Los comentaristas gritaban algo sobre “imposible evasión de nivel bajo”. Mateo no escuchaba. Solo veía el contador: 2:19.

Hierro Negro no esperó. Lanzó una ráfaga de misiles guiados térmicos —seis, en abanico perfecto—. Mateo sintió el módulo apretarle la base del cráneo, como si alguien le clavara agujas diminutas.

—Reescritura vectorial. Ahora.

No era una sugerencia. Era una orden que llegaba directamente a los nervios motores. Sus manos se movieron solas: pulgar izquierdo al gatillo secundario, índice derecho trazando un arco imposible en el panel táctil. El Perro de Hierro extendió el brazo derecho, palma abierta. Un campo de distorsión azul —débil, parpadeante— se desplegó como una telaraña rota.

Los misiles torcieron. No explotaron. No se desviaron al azar. Cambiaron de trayectoria en ángulos que violaban toda física conocida del armamento guiado. Cuatro volvieron contra Hierro Negro. Uno impactó el hombro del cañón de riel; otro le arrancó la placa frontal del torso.

El piloto élite perdió altitud. Por primera vez en todo el combate, dudó.

Mateo respiró entrecortado. El módulo le quemaba la nuca. Literalmente. Olía a pelo chamuscado.

1:41.

Hierro Negro recuperó el equilibrio y cargó con todo: propulsores al máximo, espada térmica desplegada, escudo de partículas al frente. Iba a partirlo por la mitad.

Mateo no retrocedió. Empujó el yugo hasta que los actuadores del Perro chirriaron. El módulo latió una vez, fuerte, como un segundo corazón.

Y entonces lo sintió.

No solo lo vio en el HUD. Lo sintió.

El impacto del escudo enemigo contra su antebrazo izquierdo. El metal cediendo. Los servos reventando. El hueso —su hueso— crujiendo bajo la presión. No era dolor imaginario. Era real. El módulo había cruzado una línea: ya no solo leía datos. Los vivía.

Mateo gritó sin quererlo. El brazo izquierdo del Perro de Hierro se desprendió en una explosión de chispas y aceite hidráulico. Pero el impulso lo llevó adelante. El puño derecho, reforzado con el último resto de potencia del módulo, conectó directo en el núcleo expuesto de Hierro Negro.

El impacto fue sordo, profundo. El cristal de contención se agrietó. La luz roja del núcleo rival parpadeó una vez, dos, y se apagó.

Hierro Negro cayó fuera del ring como un edificio colapsando.

Silencio.

Luego la multitud estalló.

El contador se detuvo en 00:03.

Mateo se quedó quieto, jadeando, el muñón humeante del brazo izquierdo colgando cables. El núcleo del Perro marcaba 9 %. Apenas respiraba.

En su nuca, el módulo seguía latiendo, más lento ahora, pero presente. Cada latido traía ecos de metal retorcido, de circuitos quemados, de dolor que no era solo suyo.

Y en algún lugar de las gradas, entre las cámaras y los analistas, una figura de abrigo negro observaba sin parpadear.

Valeria Solís apretaba un chip oculto en el bolsillo.

El módulo latió una vez más, casi tierno.

Mateo cerró los ojos.

Ya no estaba solo dentro de la cabina.

El precio del nervio

El rugido de la multitud aún vibraba en los huesos de Mateo cuando el árbitro le plantó el chip de crédito en la palma abierta. Apenas dieciocho mil. Lo suficiente para un actuador de tercera mano y medio litro de fluido hidráulico de mala calidad. No para reconstruir el brazo arrancado del Perro de Hierro ni para pagar la cuota mensual de la deuda familiar que ya olía a embargo definitivo.

—Nombre del ganador: Mateo Vega, alias El Chatarrero —anunció el locutor con esa voz engolada que usaban para los milagros de los bajos niveles—. ¡Nivel 20 conquistado!

La grada inferior estalló. Gritos roncos, puños contra barandillas oxidadas, silbidos que subían como vapor caliente. Mateo levantó la mirada: cientos de ojos brillaban en la penumbra, muchos con lágrimas, otros con hambre pura. Sintió el peso de cada uno como si fueran deudas nuevas.

Intentó caminar recto hacia la salida técnica. El muñón del brazo izquierdo del Perro colgaba inútil, chorreando aceite negro sobre el hormigón. Cada paso hacía crujir las costillas dobladas del chasis y, por primera vez, el dolor no era solo metálico: le subía por el hombro como agujas calientes que se clavaban en su propia carne.

Se detuvo en seco.

No era cansancio. Era sincronía.

El módulo azul, alojado ahora en el núcleo torácico del Perro, latió una vez. Una punzada nítida, quirúrgica, le atravesó el plexo solar. Mateo se llevó la mano al pecho como si esperara encontrar sangre. Nada. Solo el latido desbocado y la certeza absoluta de que el daño ya no pertenecía solo a la máquina.

Unos pasos rápidos resonaron en el pasillo técnico. Valeria Solís apareció bajo la luz sucia de las lámparas de emergencia, capucha echada, guantes negros. No llevaba escolta. Mal signo.

—Treinta segundos antes de que los drones de auditoría giren hacia este sector —dijo sin preámbulo. Le tendió un chip de datos del tamaño de una uña, anodizado negro mate—. Proyecto Centinela. Epsilon-9. Todo lo que la Academia borró.

Mateo lo tomó. Sus dedos temblaron al rozar los de ella.

—¿Por qué?

—Porque si te eliminan en las próximas cuarenta y ocho horas, nadie más va a cuestionar el informe que firmó mi padre. —La voz de Valeria salió baja, casi ahogada—. Y porque acabo de descubrir que llevo quince años defendiendo una mentira con patas de titanio.

El módulo latió otra vez. Más fuerte. Mateo apretó los dientes; sintió cómo el muñón fantasma del Perro se retorcía en su propio hombro. El dolor era limpio, preciso, personal.

Valeria lo miró fijamente.

—Se está sincronizando contigo. Nervio a nervio. Si sigues subiendo, cada impacto que reciba el Perro lo vas a sentir como si te lo dieran a ti. No hay marcha atrás.

Mateo cerró el puño sobre el chip. La sangre de un corte en la palma le manchó el borde.

—Entonces que duela —dijo con voz ronca—. Mientras duela, sigo subiendo.

Valeria dio un paso atrás, ya girando hacia las sombras.

—Si te descubren con eso —susurró—, ambos terminaremos en el desguace.

El módulo envió una última punzada, nítida como un bisturí: el dolor del mech ahora era suyo.

Mateo apretó el chip ensangrentado contra el pecho y empezó a caminar hacia el ascensor de carga, cojeando, con el rugido de la multitud todavía pegado a la piel.

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