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Chapter 4: La sombra de los Solís

Valeria analiza en secreto el registro del duelo de Mateo y descubre que la Academia editó los datos públicos para ocultar la anomalía energética. Confrontada por Kaelen, recibe una orden directa de cerrar el expediente en 48 horas bajo amenaza. Desobedece y accede a archivos muertos del Proyecto Centinela, confirmando que la Academia ha borrado sistemáticamente el talento de niveles bajos durante quince años, incluido un informe firmado por su padre. Decide contactar a Mateo antes de que lo eliminen.

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La sombra de los Solís

El laboratorio privado de Valeria Solís olía a ozono y metal recalentado. Las luces principales estaban apagadas; solo el panel holográfico suspendido sobre la mesa negra proyectaba el duelo del nivel 10 en tonos azules y grises industriales. Valeria permanecía de pie, brazos cruzados con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en los bíceps. El holograma mostraba al Perro de Hierro girando sobre un solo pie en un ángulo que ningún actuador estándar de clase C podía sostener sin partirse en dos. El pivote duró exactamente 1.7 segundos. Suficiente para dejar el flanco del Titán Serie-V expuesto. Suficiente para que el pulso azul atravesara el blindaje como si fuera papel.

Pausó la reproducción en el instante exacto del giro. Amplió la vista del chasis. Las costillas dobladas del Perro de Hierro se veían claramente, el actuador hidráulico izquierdo colgaba como tendón roto y, aun así, la máquina había completado la rotación con precisión quirúrgica. Núcleo al 37 % al entrar al ring. 29 % al salir victorioso. La discrepancia ardía en cada decimal.

Tocó el aire. Aparecieron las curvas de energía. La línea roja del consumo autorizado se mantenía plana. Debajo, sin autorización visible, una firma secundaria azul cobalto subía en pico vertical hasta 4.7 terajulios por segundo. Luego caía en picada. El sistema de la Academia había registrado el pico… y lo había suavizado en el archivo público hasta casi borrarlo.

Valeria retrocedió un paso. El nudo en su estómago se apretó.

—No fue un error —susurró—. Alguien está borrando talento.

Cerró el holograma con dedos temblorosos y activó un canal encriptado privado. No podía reportarlo todavía. No sin pruebas que no la hundieran junto con el chatarrero.

El zumbido de los servidores se cortó de golpe cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Valeria no levantó la mirada del panel principal. El registro seguía congelado en el instante en que el actuador izquierdo del Perro se partía y Mateo mantenía el equilibrio con pura transferencia de energía prohibida.

—Doctora Solís —dijo Kaelen desde el umbral, voz plana como una orden escrita—. Apague eso.

Ella pulsó el control con dos dedos. La imagen se congeló. El laboratorio quedó en penumbra azulada.

Kaelen avanzó. Botas militares sobre acero pulido. No cerró la puerta; los sensores la sellaron automáticamente detrás de él.

—Tres accesos al expediente Vega en las últimas dieciséis horas. Dos fuera de horario autorizado. Uno a las 03:47 de esta madrugada. —Se detuvo frente al panel—. Explíquese.

Valeria giró la silla lentamente. El apellido Solís pesaba más que cualquier blindaje cuando el Director lo pronunciaba así.

—Auditoría prioritaria Nivel Alfa —respondió con voz neutra—. Protocolo obliga a revisar cualquier anomalía energética de nivel 4 confirmada en retransmisión pública.

Kaelen inclinó la cabeza apenas un milímetro. —El chatarrero ya está bajo observación prioritaria. Su mech será reclamado en cuanto el núcleo caiga por debajo del 25 %. Usted no necesita ensuciarse las manos.

Valeria sostuvo la mirada. —Con todo respeto, Director, el vector de transferencia que usó no aparece en ningún registro autorizado de los últimos quince años. Si no lo documentamos, la próxima vez que alguien lo replique no tendremos forma de contenerlo.

Kaelen sonrió sin humor. —Precisamente por eso no lo documentaremos. —Sacó una placa delgada de su chaqueta y la colocó sobre la mesa con un golpe seco—. Orden escrita. Cierre el expediente Vega en 48 horas o yo lo cerraré por usted… permanentemente.

Valeria leyó la placa sin tocarla. Su firma ya estaba allí, al pie, junto a la de otros tres consejeros. No había opción de apelación.

Kaelen se dio la vuelta. —Y doctora… la próxima vez que acceda a un registro fuera de protocolo, el apellido Solís no la protegerá.

La puerta se abrió. Se cerró. El silencio regresó más pesado.

Valeria permaneció inmóvil hasta que el eco de las botas desapareció por completo. Entonces soltó el aire que había estado conteniendo y pronunció un juramento bajo en voz muy baja.

Tenía cuarenta y ocho horas. No para obedecer. Para encontrar algo que obligara a Kaelen a retroceder.

Doce minutos después estaba en el subsuelo Nivel 3. Deslizó la tarjeta genética heredada bajo el lector de la columna 47. La puerta blindada exhaló aire frío y se abrió con un chasquido seco.

La sala era un mausoleo de estanterías metálicas y terminales apagadas. Solo el zumbido bajo de los servidores de respaldo rompía el silencio.

Valeria caminó directo a la terminal principal. Tecleó la secuencia de anulación familiar. La pantalla cobró vida con un brillo verde enfermizo.

PROYECTO CENTINELA – FASE 3 – ARCHIVO MUERTO

Desplazó los dedos con rapidez militar. Buscaba vectores de transferencia de energía no lineal, patrones de sobrecarga que coincidieran con el pulso azul del duelo.

No tardó. Allí estaba: Vector Epsilon-9. Transferencia simpática núcleo-a-núcleo. Prohibida desde el colapso del 11. Firmada para desactivación total por el Consejo de Estabilidad.

Y sin embargo, el registro mostraba diecisiete prototipos retirados… pero no destruidos.

Valeria sintió que el aire se volvía más denso. Abrió el subdirectorio de auditorías posteriores.

47 casos. Talentos no autorizados de niveles bajos. Todos con picos energéticos anómalos en sus mechs. Todos con el mismo patrón: una mejora imposible seguida de desaparición del registro público, reasignación del piloto a trabajos de contención en pisos inferiores y, en la mayoría de los casos, «accidente estructural» del mech en menos de tres meses.

Desplazó hasta el final de la lista.

Un informe firmado por su padre. Fecha: hace quince años. Texto breve:

«Reajuste de métricas autorizado en los 47 casos identificados. Prioridad: mantener estabilidad social. Firmado: Almirante Solís.»

Valeria se quedó mirando las letras hasta que se emborronaron.

La Torre no premiaba el talento. Lo enterraba.

Descargó el archivo completo en un chip oculto que llevaba cosido dentro del puño de la chaqueta. Cerró la terminal. Apagó la luz.

Salió del subsuelo con pasos medidos, como si cada uno le costara una década de lealtad.

En el ascensor, sola, murmuró: —Si Mateo Vega es el siguiente nombre en esa lista… no voy a dejar que lo borren.

No sabía todavía si eso significaba salvarlo o usarlo. Solo sabía que, por primera vez en años, el peso del apellido Solís no la estaba sosteniendo. La estaba aplastando.

Y que tenía que hablar con el chatarrero antes de que las unidades de contención llegaran a su taller.

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