El ascenso público tiene un precio
El Perro de Hierro avanzaba cojeando por el túnel de evacuación. Núcleo al 38 % y descendiendo. Once minutos. Once minutos antes de que las unidades de contención blindadas sellaran el sector y confiscaran el último activo que le quedaba a los Vega.
Cada paso arrancaba chispas del hormigón. El actuador izquierdo pendía muerto; la pierna de titanio arrastraba un surco negro y profundo. Las costillas del chasis se hundían hacia dentro, y por la fisura del torso asomaban cables chamuscados junto al pulso azul del módulo, latiendo como arteria expuesta.
Mateo tragó sangre con sabor a cobre. La casa familiar ya era ceniza en los registros. El apellido Vega, una nota al pie. No iba a entregarles también el mech que aún respondía a su pulso.
—Resiste, viejo… solo un tramo más.
Al fondo apareció el ascensor de transición: puertas amarillas, lector de rango 4. Mateo ya no tenía rango que mostrar. Detuvo el Perro frente al panel, enchufó el módulo azul directo al puerto de diagnóstico y tecleó el override con dedos que apenas obedecían. La firma desconocida estalló en el sistema como un relámpago. El panel viró de rojo a verde. Las puertas se abrieron con un silbido hidráulico agotado.
Entró. Las sirenas de prioridad resonaron mientras el ascensor ascendía. En el visor interno saltó el cambio: 874 → observación prioritaria. Nivel 10.
Las puertas se abrieron. La luz blanca del Coliseo Central lo golpeó como un reflector de interrogatorio.