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Chapter 2: La primera prueba de fuego

Mateo fuerza la entrada al Campo de Pruebas Mech mientras la alarma de firma desconocida retumba. Activa la prueba de aptitud Nivel 1 y, gracias al módulo azul, ejecuta maniobras imposibles que derrotan a tres oponentes en menos de dos minutos, elevando su posición de 874 a 312. El *Perro de Hierro* sufre daños estructurales graves por la sobrecarga. Valeria Solís reconoce la firma energética como perteneciente a tecnología militar prohibida. Mateo escapa cojeando por el túnel de evacuación usando la última ráfaga del módulo para atravesar una barricada, pero el sistema de la Torre confirma oficialmente la anomalía y despliega unidades de contención hacia su posición.

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La primera prueba de fuego

La sirena atravesaba el Sector 17-B como un cuchillo oxidado. No era el aullido rutinario de cortocircuito ni de fuga de vapor; era el tono grave y continuo de reclamación de activos desconocidos, el que solo sonaba cuando la Torre olía algo que no le pertenecía.

Mateo corría con los pulmones en llamas, botas golpeando rejillas húmedas. El Perro de Hierro ya no cabía por los pasillos de mantenimiento; lo había dejado en el cruce 17-θ, oculto bajo una lona de carga robada, con el módulo azul todavía caliente dentro del núcleo. Cada segundo que pasaba con esa cosa encendida era un segundo menos antes de que los drones lo encontraran.

—Treinta y siete segundos —murmuró entre dientes, contando en la cabeza mientras esquivaba un charco de aceite negro—. Treinta y siete hasta que los primeros quad-rotor doblen la esquina.

La alarma no paraba. Resonaba en las costillas, en los dientes. Mateo sentía el pulso del módulo como si fuera propio: un latido frío y demasiado rápido que le recordaba que no estaba corriendo solo por él. Si perdía el Perro hoy, la deuda familiar pasaba de números en una pantalla a grilletes reales. Su madre ya había vendido el último brazalete de la abuela para pagar el mes pasado. No iba a permitir que la vendieran a ella también.

Giró en el corredor 17-δ. Allí estaba la compuerta del Campo de Pruebas Mech, Nivel 1. Roja, blindada, con el sello de la Academia brillando en ámbar. Mateo estrelló la palma contra el lector biométrico. La luz pasó de rojo a verde parpadeante.

ACCESO AUTORIZADO – PRUEBA DE APTITUD NIVEL 1 – PILOTO VEGA, MATEO – EMERGENCIA REGISTRADA

La puerta se abrió con un siseo hidráulico. Mateo se lanzó al interior justo cuando el primer zumbido de rotores se escuchó a lo lejos. La compuerta se selló detrás de él con un golpe sordo. En la pantalla central de la arena apareció el contador:

Prueba de Aptitud Nivel 1 – Iniciada. Tiempo restante para completarla antes de embargo forzado: 180 segundos.

Mateo sintió el zumbido del módulo azul como un segundo latido dentro del pecho metálico del Perro de Hierro. Las luces de la Arena de Prueba Nivel 1 se encendieron con violencia, bañando el campo cerrado en un blanco quirúrgico. Tres Mechs estándar —dos Centinelas Serie-B y un Guardián Mk-III— ya estaban posicionados en triángulo, sus pilotos probablemente pensando que esto sería otra ejecución rutinaria contra el chatarrero del sector bajo.

El cronómetro apareció en la esquina de su visor: 180 segundos para eliminación total o rendición. Si no terminaba antes, el sistema registraría "falla por tiempo" y el embargo se ejecutaría de inmediato.

—Piloto Vega, confirma inicio —dijo la voz fría del árbitro automatizado.

Mateo apretó los dientes y pulsó el sello de arranque. El Perro de Hierro rugió con un tono que ningún modelo de su clase debería tener: grave, hambriento, casi animal. Los servos de las piernas respondieron antes de que terminara el pensamiento. El módulo azul había convertido los 41 % de núcleo en algo vivo.

Los tres oponentes avanzaron en formación cerrada, confiados. El Guardián disparó primero: una ráfaga de proyectiles perforantes que debería haber agujereado el blindaje improvisado de Mateo en el primer compás.

Mateo no esquivó. Saltó.

El Perro se elevó casi cuatro metros —imposible para un chasis de nivel bajo—. Giró en el aire con una torsión que dobló las leyes de inercia que la Academia enseñaba en primer año. Aterrizó detrás del Guardián y descargó un puñetazo reforzado en la unión del hombro. El metal cedió con un crujido seco. El Mech rival cayó de rodillas, luces parpadeando en secuencia de fallo crítico.

Los otros dos reaccionaron tarde. Mateo ya estaba en movimiento: aceleración lateral brutal, un giro de 180° que levantó polvo del suelo de la arena, y luego otro salto —esta vez doble— que lo llevó por encima del Centinela de la izquierda. Aterrizó con las rodillas flexionadas y descargó una patada ascendente que arrancó la placa torácica del rival. El piloto se eyectó en paracaídas de emergencia antes de que el Mech se desplomara.

Noventa y tres segundos. El público virtual —las gradas holográficas llenas de estudiantes y técnicos de niveles superiores— empezó a murmurar. Las pantallas repetían el salto en cámara lenta. Nadie en Nivel 1 saltaba así. Nadie.

El último Centinela intentó flanquearlo. Mateo lo vio venir. El módulo azul le dio una lectura perfecta de trayectoria. Giró sobre el talón derecho, extendió el brazo armado y disparó una ráfaga corta de cañón de pulsos. El disparo atravesó el blindaje del pecho como si fuera papel de aluminio. El Mech contrario se detuvo en seco, humeante.

ELIMINACIÓN TOTAL – VICTORIA REGISTRADA – PILOTO VEGA, MATEO

CLASIFICACIÓN ACTUALIZADA – NIVEL 1 COMPLETADO – POSICIÓN 874 → 312

Mateo jadeaba en la cabina. La consola principal parpadeaba en rojo intermitente: FIRMA ENERGÉTICA DESCONOCIDA – NIVEL 4 – PROTOCOLO DE CONTENCIÓN INICIADO. El chasis crujió en respuesta. Los estabilizadores temblaban. El salto triple había doblado dos costillas del armazón y reventado un actuador hidráulico. Pero lo había hecho.

En la Sala de Observación Alfa, Valeria Solís se inclinó hacia adelante hasta que su sombra cubrió el borde de la mesa holográfica. La repetición seguía corriendo en loop. Ahí estaba otra vez: el giro imposible, la caída como martillo, la aceleración que ningún Centinela Serie-A debería soportar sin partirse. Pero lo que le heló la sangre no fue el salto. Fue el destello azul que cruzó las grietas del caparazón durante medio segundo. Una firma energética que había visto solo en archivos clasificados de prototipos militares abandonados hacía quince años.

—¿Quién demonios eres tú, chatarrero? —murmuró, los ojos fijos en la pantalla.

Mateo apretó los controles. El Perro de Hierro cojeaba por el túnel de evacuación con un gemido metálico que resonaba como tos de moribundo. El núcleo vibraba en el 38 % y seguía cayendo. Cada paso hacía crujir el chasis en el punto donde el sobrecargo había abierto una fisura del grosor de un dedo.

Dieciocho minutos de gracia tras la victoria. Habían transcurrido siete.

Delante, la primera barricada secundaria: dos planchas de aleación reforzada cruzadas en diagonal, luces ámbar parpadeando en secuencia de contención. Mateo sintió el pulso en la garganta. El módulo azul todavía tenía una última ráfaga registrada en el buffer de emergencia.

—Vamos, viejo —murmuró—. Una más y te dejo dormir.

Deslizó el pulgar sobre el interruptor rojo. El brillo azul se filtró por las grietas como sangre luminosa. Los servos gritaron, el Perro se agachó y luego saltó. La barricada se dobló hacia afuera con un estruendo. Fragmentos de aleación rebotaron contra el blindaje.

Mateo aterrizó mal. El actuador izquierdo cedió por completo. El Mech cayó de rodillas, pero ya estaba del otro lado. Detrás, los primeros drones de seguridad aparecían en el perímetro, luces rojas girando.

La pantalla gigante del túnel se encendió de golpe. Letras blancas sobre fondo negro:

FIRMA ENERGÉTICA DESCONOCIDA CONFIRMADA – PILOTO MATEO VEGA BAJO OBSERVACIÓN PRIORITARIA – UNIDADES DE CONTENCIÓN EN RUTA

Mateo miró el contador: once minutos restantes. El Perro cojeaba más lento. La deuda seguía viva. La seguridad venía por él. Y en algún lugar de las alturas de la Academia, alguien acababa de reconocer el destello azul que no debería existir en manos de un chatarrero.

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