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Chapter 1: Chatarra, Deuda y el Destello Azul

Mateo Vega, acorralado por la deuda familiar que amenaza con llevarse su mech, sufre la humillación del inspector Roldán y pierde el armazón a ejecución. En el sorteo de salvamento amañado rescata un módulo azul prohibido, lo instala en su *Perro de Hierro* y logra una ganancia visible y medible: el núcleo salta del 17 % al 41 %, los servos responden con precisión letal y el chasis se reconfigura. La mejora es inmediata y estratégica, pero activa la alarma de reclamación de activos. La seguridad de la Academia se despliega mientras el módulo brilla con potencia imposible para su nivel.

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Chatarra, Deuda y el Destello Azul

El zumbido de las sierras neumáticas se cortó en seco cuando la puerta del taller se abrió con un golpe que sacudió las planchas del suelo. Mateo Vega alzó la vista, manos negras de grasa hasta los codos, y vio las botas relucientes del inspector Roldán pisando el umbral como si el lugar le perteneciera.

—Vega —soltó sin saludo—. Treinta y siete días de mora. La Academia se cansó de esperar.

Mateo apretó el destornillador hasta que el mango le mordió la palma. El Centinela, su armazón clase C-7, colgaba del puente grúa como un cadáver despiezado. Su madre había hipotecado el futuro de su hermana pequeña por ese chasis. Perderlo significaba trabajo forzado en los niveles más bajos, una sentencia que no se pagaba con sudor, sino con vida.

—Estoy terminando la alineación del estabilizador dorsal —dijo, voz firme aunque el pulso le martilleaba las sienes—. Dame cuarenta y ocho horas y entrego el informe certificado. Cubro la primera cuota del plan de emergencia.

Roldán ni miró el mech. Sus ojos se clavaron en la placa soldada al pecho: M-17 “Centinela” – Propiedad de la familia Vega – Nivel 4 autorizado. Una reliquia de padre muerto y promesas rotas.

—Ese cacharro ya no es tuyo. La deuda entró en ejecución. Firma el acta o lo llevo por la fuerza.

La rabia le subió caliente por el cuello. Mateo pensó en su hermana, en las noches que su madre pasaba despierta calculando deudas. —No firmo mi sentencia de muerte —escupió.

Roldán sonrió, frío. —La Lotería de Salvamento de esta semana fue tu última oportunidad. Piezas muertas, como siempre. La Academia diseña el juego para que nadie como tú suba.

El inspector se marchó con el acta firmada a la fuerza. Mateo se quedó solo en el taller, el silencio roto solo por el goteo de aceite. Había rescatado una sola cosa del sorteo antes de que vaciaran el contenedor: un cilindro azul que no aparecía en ningún catálogo. Lo sacó del escondite y lo puso bajo la luz sucia del foco.

El módulo pulsaba. No era chatarra. Era algo vivo, prohibido.

—Vamos, hijo de puta —murmuró Mateo, improvisando adaptadores con cable robado y soldadura rápida. Conectó el núcleo al Perro de Hierro, el nombre que le había puesto en secreto al armazón cuando todavía creía que podría salvarlo.

Chispa azul. Un zumbido grave recorrió el taller. El indicador del núcleo saltó de 17 % a 41 % en tres segundos. Los servos del hombro se tensaron con un chasquido limpio. Los cables expuestos se retrajeron solos. La placa pectoral, antes abollada y oxidada, se alisó como si la energía azul la estuviera forjando de nuevo. El Perro de Hierro ya no parecía un desecho: ahora tenía dientes.

Mateo retrocedió un paso. La mejora era visible, medible. El mech respondía como si tuviera voluntad propia. Por primera vez en meses, sintió que el peso de la deuda se aligeraba un poco. Un paso hacia arriba. Un riesgo que valía la pena.

Entonces el aire se espesó.

Un aullido metálico atravesó el sector. Alarma de reclamación de activos.

Mateo se congeló, mano todavía sobre el chasis caliente. No era una inspección. Era el tono reservado para contrabando de alto riesgo. Luces rojas giraron en las pasarelas superiores, tiñendo todo de sangre. Voces amplificadas retumbaron:

—Sector 17-B, firma energética desconocida detectada. Equipo de contención, formación delta. Armas preparadas.

Arriba, en las gradas, ya se asomaban curiosos. La Torre siempre miraba. Toda victoria tenía que ser pública, pero esta no estaba autorizada. Mateo subió a la cabina del Perro de Hierro. El módulo azul sincronizó su pulso con el suyo, un latido caliente y peligroso.

El sistema de la Torre acababa de marcar su firma como “desconocida”. La seguridad venía en camino. El módulo brillaba con una intensidad que no pertenecía a los niveles bajos.

El primer paso de su ascenso acababa de convertirse en una carrera por la supervivencia.

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