El último eslabón
El despacho de Don Héctor olía a papel viejo y a la humedad persistente de un barrio que se negaba a secarse. Julián observaba a través del cristal empañado cómo la calle, antes un hervidero de comercio silencioso, se transformaba en un escenario de incertidumbre. La noticia del colapso de Apex Holdings se había filtrado por las rendijas de la red, pero el triunfo se sentía hueco. Abajo, los vecinos se congregaban con los rostros desencajados, sosteniendo extractos bancarios como si fueran sentencias de muerte.
La puerta se abrió con un golpe seco. Mei entró, arrojando una carpeta sobre el escritorio de madera astillada. Sus ojos, siem
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