El precio de la libertad
El despacho del CEO de Apex Holdings olía a ozono y a una limpieza tan absoluta que resultaba ofensiva. Julián, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, sentía el peso del dispositivo USB como un trozo de plomo incandescente. Frente a él, el CEO no se movía; era una estatua de seda y ambición, esperando que el heredero de Don Héctor cometiera el error de la piedad.
—Si presionas ese botón, Julián, no solo destruyes mi empresa —dijo el hombre, con una voz que parecía el roce de un bisturí—. Condenas a tu gente a la indigencia técnica. El fondo de Zúrich es la única garantía de liquidez que mantiene a flote la infraestructura básica del barrio. Sin mi gestión, el barrio
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