La pertenencia ganada
El despacho de Don Héctor olía a papel viejo y a la humedad persistente de un barrio que se negaba a secarse. Julián pasó la mano por el lomo del libro contable; el cuero estaba desgastado, marcado por décadas de entradas que no hablaban de dinero, sino de supervivencia. Afuera, el murmullo de la calle principal era un recordatorio constante: quedaban menos de seis horas para que el embargo estatal se hiciera efectivo. La caída de Apex Holdings había dejado un vacío de poder, pero también una parálisis financiera que el Estado
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