El rastro del dinero sucio
El despacho de Don Héctor no era una oficina; era un mausoleo de deudas. El aire, cargado de tabaco rancio y humedad, se sentía como una mano fría sobre la nuca de Julián. Afuera, el neón de Chinatown parpadeaba con una cadencia errática, iluminando por instantes a un hombre apostado en la acera opuesta. No era paranoia. Era el precio de haber empezado a desmantelar el contrato de Apex Holdings.
Julián tecleó la última secuencia de acceso. Sus dedos, entumecidos por el frío, apenas obedecían. La pantalla del portátil —un equipo que él mismo había blindad
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