Raíces expuestas
El aire en la trastienda de la tienda de Mei era una mezcla espesa de incienso rancio, humedad y el olor metálico de los archivos que no debían ser leídos. Julián cerró la puerta con llave, con el eco de los pasos que lo habían seguido desde el callejón resonando aún en sus sienes. Afuera, el barrio contenía la respiración, atrapado en una gentrificación que se sentía como una asfixia lenta y calculada. Mei no lo miró al entrar; estaba arrodillada frente a una caja fuerte oculta tras un panel de madera, sus dedos moviéndo
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