El costo del silencio
El sótano bajo la tintorería no era un refugio; era una tumba de archivos. El aire, cargado de percloroetileno y humedad, se le pegaba a la garganta a Julián mientras extendía el libro contable sobre la mesa de metal. El golpe seco de la cubierta contra el acero sonó como una sentencia. A su alrededor, los líderes del barrio no lo miraban como a un heredero, sino como al ejecutor que Apex Holdings había enviado para terminar el trabajo que la gentrificación no pudo completar en dos décadas.
—No soy el enemigo —dijo Julián. Su voz, habituada a las salas de juntas climatizadas, sonó delgada
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