El salón en juicio
El sótano del salón comunitario no era un refugio; era una cámara de presión. El aire, saturado de café recalentado y el sudor frío de los presentes, se sentía tan denso que cada respiración era un esfuerzo consciente. Mateo permanecía en el centro, bajo la luz mortecina de una bombilla que oscilaba con el zumbido eléctrico de una sentencia inminente. Frente a él, el Cobrador no necesitaba gritar. Su silencio era un peso que obligaba a los demás a bajar la mirada, un ejercicio de poder que convertía a la comunidad en un jurado de estatuas.
—Tu lealtad no es una moneda que puedas seguir devaluando, Mateo —dijo el Cobra
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