Cuentas pendientes
La mirada de la nueva operadora era un bisturí recorriendo la nuca de Mateo. No parpadeaba, custodiando la salida del salón comunitario como si fuera el último centinela del exilio. Mateo apretó el cuaderno contra su costado, sintiendo el relieve de las páginas: nombres, rutas, fechas de nacimiento falsas y toda una red de vidas tejidas sobre el fraude que ahora amenazaban con desmoronarse.
—No te olvides de la hora, Mateo —dijo ella, su voz cortante como cristal roto—. El amanecer no espera a los que dudan.
Él no respondió. Sus pasos resonaron en el ce
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