Identidad en la encrucijada
La lluvia seguía cayendo cuando Julián y Mei salieron del sótano de la lavandería abandonada. El profesor Li ya no estaba en la trastienda; solo quedaba el eco de su voz rota confesando que Luis seguía vivo. Julián apretaba la llave oxidada en el puño como si pudiera borrar con la presión lo que acababa de escuchar: Ernesto, su propio primo, había practicado su firma de adolescente hasta copiarla perfecta. El mismo primo que le había prestado la bicicleta para ir al instituto, el que le enseñó a contar remesas en voz baja para que la tía no se enterara.
Mei caminaba delante, linterna apagada, guiándose por memoria. Julián cargaba a Luis medio a rastras; el mensajero apenas ponía un pie delante del otro. El olor a sangre seca se le pegaba a la ropa. Llegaron al callejón trasero. La camioneta de la tienda de abarrotes esperaba con el portón
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