Cuentas claras, secretos oscuros
El aire en la trastienda de Mei era una mezcla espesa de té oolong quemado y humedad, un aroma que Julián ahora asociaba con la asfixia. Dejó caer el cuaderno negro sobre la mesa de madera astillada; el golpe seco resonó en el silencio sepulcral del Barrio Chino. Afuera, las persianas metálicas habían bajado hace horas, sellando el bloque como una tumba de acero. Mañana, 21 de marzo, la red dejaría de existir tal como la conocían.
—No podemos seguir jugando a las adivinanzas —d
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