Asalto al pináculo
El aire en el límite del Estrato IV era una mezcla de ozono y estática, el olor a barrera energética a punto de colapsar. Kaelen no sentía el frío, ni el miedo que horas antes le atenazaba las entrañas ante la captura de Valeria. Su sistema, forzado al límite, había ejecutado la orden final: la purga de su empatía para estabilizar el núcleo. Frente a él, el sello del Estrato III brillaba con una luz violeta, un filtro diseñado para incinerar a cualquier recolector sin rango. Para un cultivador común, aquello era una sentencia de muerte; para Kaelen, era un circuito abierto esperando ser drenado.
—Reconocimiento de objetivo: Filtro de energía tipo-Secta —dijo Kaelen. Su voz sonó plana, ajena. Extendió la mano, perforando la superficie del sello. La retroalimentación fue un grito de estática que le recorrió el brazo hasta el hombro. El costo no fue solo físico; cada gramo de energía robada le arrancaba un recuerdo, un rastro de su calidez humana. La compasión por Valeria se convirtió en un dato táctico: Objetivo prioritario: Rescate. Probabilidad de éxito: 42%. La barrera cedió con un estruendo metálico y Kaelen cruzó el umbral, desprovisto de duda.
En el Estrato III, los pasillos vibraban con el zumbido de los extractores. Kaelen avanzaba entre las sombras, su visión teñida de un azul gélido mientras el sistema procesaba a cada guardia como un vector de riesgo. La celda de energía se alzaba como un altar de tortura. Valeria estaba suspendida en el centro, atada por filamentos de luz que drenaban su vitalidad. Su rostro, pálido y sudoroso, se contrajo en un gesto de dolor cuando Kaelen irrumpió en la sala.
—Kaelen, no... —murmuró ella, con la voz quebrada—. Thorne está esperando a que alguien intente el rescate. Es un anzuelo.
Kaelen ignoró la advertencia. Sus dedos se cerraron sobre el panel de control del extractor. Sintió el rechazo del sistema de la Torre, pero lo forzó con una sobrecarga brutal. El dolor, como cristales rompiéndose en su cráneo, le atravesó la mente mientras el sistema drenaba energía de su propio núcleo para mantener la estabilidad. La celda estalló en chispas y Valeria cayó al suelo, libre, pero Kaelen comenzó a experimentar fallos visuales; su tablero de estado parpadeaba en rojo, marcando una inestabilidad del 88%.
Thorne los esperaba en la cámara central. El Maestro de la Secta sostenía un orbe de energía púrpura, el corazón del sistema de control, cuya luz pulsaba al ritmo de la purga que acechaba en la visión periférica de Kaelen.
—Eres una anomalía, Kaelen —dijo Thorne, su voz vibrando con una ansiedad contenida—. Crees que has desbloqueado una ventaja, pero solo has acelerado tu propia obsolescencia.
Thorne lanzó una descarga de energía pura. Kaelen no esquivó; el sistema de conversión, alimentado por su nueva frialdad, procesó el impacto y lo redirigió hacia los conductos de la sala. Las paredes de piedra antigua crujieron bajo la carga. El panel de mando comenzó a fundirse. Con un movimiento preciso, Kaelen sobrecargó la interfaz. La explosión de luz cegó a Thorne, enviándolo contra los escombros de su propio trono.
—El sistema no es un error —respondió Kaelen, su voz carente de la calidez que solía dedicarle a Valeria—. Es un puente. Y estoy cruzando.
Sin embargo, el triunfo se disipó cuando Thorne, entre los restos calcinados, soltó una risa seca y desquiciada.
—¿Crees que esto termina aquí, recolector? —escupió Thorne—. Yo solo soy el guardián de la puerta. Arriba, ellos ya han registrado tu firma. No eres un héroe; eres el prototipo que necesitaban para el siguiente nivel de la prueba.
Un fallo de renderizado comenzó a fracturar el aire. Una proyección holográfica, una entidad de geometría pura, emergió sobre el altar. No era un cultivador; era una presencia que observaba desde una distancia infinita.
—Unidad 0-K: Anomalía detectada y validada —la voz resonó directamente en los huesos de Kaelen.
El cielo de la Torre se abrió, revelando que el mundo exterior era solo otra capa de una prueba mucho mayor. Kaelen sintió cómo su sistema se reiniciaba, forzando una actualización que le quemaba las conexiones nerviosas, marcándolo ante la mirada de entidades que apenas empezaba a comprender. El asalto apenas comenzaba.