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Chapter 8: El precio de la verdad

Kaelen intenta advertir a los recolectores sobre la verdadera naturaleza de Thorne, pero es rechazado por el miedo de estos a perder sus privilegios. Thorne revela que Valeria es un cebo y la captura, obligando a Kaelen a sacrificar su humanidad (empatía) a través del sistema para obtener el poder necesario para rescatarla y enfrentarse a la jerarquía superior.

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El precio de la verdad

El aire en el Estrato V no se respiraba; se filtraba como polvo de metal oxidado, cargando los pulmones con una estática que hacía vibrar los dientes. Kaelen se desplomó contra el muro de piedra antigua, sintiendo cómo el 22% de estabilidad de su sistema parpadeaba en su visión periférica, una luz mortecina que amenazaba con apagarse del todo. Sin una interfaz operativa, el entorno era una sentencia de muerte.

—El sello no aguantará más de una hora —la voz de Valeria cortó el silencio, afilada como un cuchillo—. Thorne está purgando los niveles inferiores. Si no recuperas el control, seremos los siguientes en la lista de limpieza.

Kaelen la miró. Sus ojos no mostraban piedad, solo el cálculo frío de alguien que sabía que su propia vida dependía de la estabilidad de su socio. Él apretó los puños, ignorando el dolor punzante en sus sienes. El sistema no solo estaba bloqueado; estaba siendo devorado por la radiación residual de la estructura antigua que Thorne codiciaba. Necesitaba energía, no para crecer, sino para evitar la disolución total. Detectó un nodo de flujo a pocos metros, una fuga de energía primaria que latía con una frecuencia prohibida. Al drenarla, el sistema emitió un quejido metálico y reinició sus funciones básicas, pero el coste fue inmediato: la pérdida de una habilidad sensorial menor, un vacío en su mente que antes ocupaba la calidez de un recuerdo familiar.

Kaelen regresó a un punto ciego cerca del acceso al Estrato IV. Arrojó la cabeza cercenada de un acechador sobre la mesa de mando de los líderes recolectores, haciendo que las raciones de pasta sintética saltaran. El silencio en la cámara fue absoluto, roto solo por el zumbido de las luces de emergencia.

—Thorne no está recolectando recursos —escupió Kaelen, con la armadura aún manchada de sangre negra—. Está drenando la esencia de los nuestros para estabilizar su propio núcleo. Si suben al siguiente nivel, no habrá retorno.

Vargas, el líder de los recolectores, intercambió una mirada gélida con sus lugartenientes. El miedo no era hacia Thorne, sino hacia la disrupción del suministro que garantizaba sus privilegios. —Hablas demasiado, paria —respondió Vargas, poniéndose en pie—. La Secta paga por estabilidad, no por profecías de un nivel diez que apenas sobrevive.

El chasquido de los seguros de las armas resonó como una sentencia. Kaelen comprendió, con una náusea amarga, que la verdad no era una moneda válida en un mercado que prefería la seguridad de la esclavitud. Tuvo que abrirse paso a la fuerza, dejando atrás a quienes preferían morir encadenados antes que luchar por su libertad.

De repente, el aire se rasgó. Una proyección holográfica de Thorne se materializó frente a ellos. Un sonido metálico resonó en la comunicación: el grito ahogado de Valeria, distorsionado por la interferencia. Thorne tenía a la verdadera Valeria capturada en el Estrato III.

—Ella es el cebo, Kaelen —se burló Thorne—. Siempre lo fue. ¿Crees que una recolectora de deudas se aliaría con un paria por azar? Entrega el fragmento de memoria que extrajiste o el estrato se colapsará sobre ella.

El sistema lanzó una alerta roja: Estabilidad crítica. Propuesta de integración de fragmento: 100% de éxito, 40% de pérdida de respuesta emocional (patrón: empatía/vínculo familiar). ¿Aceptar?

Kaelen miró hacia el bastión de la Secta. Thorne era solo un peón, y arriba, una jerarquía mucho más grande observaba su ascenso con desprecio. Kaelen aceptó la integración. La frialdad recorrió su columna, borrando el último rastro de su humanidad por un poder que, por fin, le permitiría romper el tablero.

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