La ley del estrato
El aire en el Estrato V no era aire; era una mezcla de ozono metálico y estática pura que erizaba el vello de los brazos de Kaelen. Apenas sus botas tocaron la plataforma de obsidiana, el suelo vibró con una frecuencia que le hizo sangrar por la nariz. Detrás de él, el portal que acababa de cruzar emitió un chirrido agónico, una cacofonía de engranajes antiguos que se desalineaban para siempre. La puerta, una mole de piedra y runas, se selló con un estruendo que sacudió los cimientos de la realidad, cortando cualquier conexión con el Estrato IV.
—Muévete, Kaelen. Si ese arco se cierra con nosotros en el umbral, nos partirá a la mitad —espetó Valeria. Su calma habitual se había fracturado en una mueca de pura ansiedad. Sus ojos, antes calculadores, ahora escaneaban las paredes de la Torre en busca de cualquier señal de vigilancia.
Kaelen no necesitó que se lo repitiera. Su interfaz parpadeaba en un rojo violento, un recordatorio constante de que su cuerpo pagaba el precio por haber forzado una ruta inexistente. El temporizador de supervivencia, una línea de texto espectral que flotaba en su visión periférica, se aceleraba: 04:12:00. Tres horas menos de lo esperado. La Torre no solo estaba sellando el camino; estaba purgando el estrato de cualquier anomalía biológica.
—No hay vuelta atrás —murmuró Kaelen. Había sacrificado su 'Percepción de Espectro' para sostener el portal; ahora, estaba ciego ante las trampas que el Estrato V pudiera esconder.
Corrieron a través de un pasillo estrecho, un túnel de ventilación que la Secta del Jade probablemente ni siquiera sabía que existía. Cada paso era un desafío a la gravedad; el suelo se inclinaba y se retorcía como si la estructura misma de la Torre estuviera intentando expulsarlos. De repente, una patrulla de élite de la Secta apareció al final del corredor, con sus armaduras de jade emitiendo un brillo gélido. Thorne no estaba allí, pero sus perros de presa sí.
—¡Anomalía detectada! —rugió uno de los guardias, levantando un dispositivo de supresión. El aire comenzó a cargarse con una energía opresiva que amenazaba con aplastar sus pulmones.
Kaelen no dudó. Sus dedos, temblorosos por el esfuerzo, activaron la interfaz. Conectó su sistema al dispositivo de la Secta, forzando una sobrecarga en el flujo de energía. Fue un riesgo suicida: si el sistema de la Torre detectaba la intrusión, los borraría de la existencia. Pero el sistema de Kaelen, alimentado por el fragmento de memoria que aún quemaba en su palma, devoró la energía de la patrulla.
[Transferencia de energía completada. Sistema del Estrato V: Estabilizado al 22%]
Los guardias cayeron, sus armaduras colapsando bajo el peso de su propia energía drenada. Kaelen apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que el suelo volviera a temblar. El fragmento de memoria, ahora integrado en su núcleo, comenzó a proyectar una imagen en su mente: una estructura antigua, enterrada profundamente, conectada a los estratos superiores. Thorne no solo estaba drenando energía; estaba intentando despertar algo que la Torre había mantenido dormido durante siglos.
—¿Qué has hecho? —preguntó Valeria, con la voz quebrada por la intensidad de la energía residual que aún flotaba en el aire.
Kaelen miró el mapa que brillaba en su visión. Las rutas estaban cambiando, las puertas se estaban reconfigurando. El Estrato V no era una tumba; era la llave.
—He abierto la siguiente puerta —respondió Kaelen, sintiendo cómo el temporizador volvía a latir, exigiendo más vitalidad para mantener el acceso—. Y ahora, Thorne sabe exactamente dónde estamos. Pero él no puede entrar sin activar los protocolos de purga. Estamos solos en la oscuridad, Valeria. Y la Torre apenas está empezando a despertar.