La verdad detrás del muro
El suelo de la academia no vibraba; rugía. Era un gemido metálico, profundo, que recorría la estructura como una convulsión. Leo se aferró a la consola de mando de su mech, sintiendo cómo el Módulo pre-Aegis se sincronizaba con la red interna. La inestabilidad de su núcleo, marcada en un rojo intermitente al 42%, le advertía que cualquier movimiento brusco convertiría su cabina en un horno de chatarra.
—No es un examen —susurró Leo. Su voz se perdió en el estruendo de los mamparos que se desplazaban sobre él.
Activó la visión táctica aumentada. El mundo a través del visor se tiñó de un azul espectral. Ya no veía paredes de hormigón reforzado ni pasillos académicos. La red de datos le devolvía una arquitectura antigua, una red de venas hidráulicas y conductos de energía que se extendían hacia el abismo. El "Campo de Pruebas" no era una estructura de entrenamiento. Era una nave de guerra, un coloso espacial que llevaba siglos latente y que ahora estaba despertando. Las paredes del sector sellado comenzaron a contraerse, reduciendo el espacio de maniobra. El sistema de soporte vital, detectando una intrusión, empezó a purgar el aire. La presión aumentó, forzando a Leo a luchar contra el mareo mientras su compensador de inercia, dañado y ruidoso, intentaba estabilizar la cabina.
En el pasillo de servicio, Valeria Thorne bloqueaba el camino. Su uniforme de élite estaba hecho jirones y su holograma de estatus parpadeaba en un rojo agónico: Rango 0: Obsoleto.
—No puedes huir, Valerius. El sector está sellado —escupió ella, aunque su mano temblaba mientras sostenía su escáner—. Si Kael no te desguaza, el protocolo de purga lo hará.
Leo no perdió tiempo en palabras. Proyectó la cuadrícula táctica sobre el pasillo. La realidad se convirtió en una red de vectores de energía. Señaló un panel de mantenimiento que Valeria había intentado forzar sin éxito.
—Tu rango es una mentira, Thorne. Nos usan como combustible térmico para los reactores de esta nave. Mira el flujo de energía —dijo Leo, proyectando el esquema sobre la pared—. Si no abrimos la torre de mando ahora, seremos los primeros en ser purgados cuando se active el sistema de defensa automático.
Valeria se acercó, la luz azul del módulo iluminando su rostro pálido. Al ver los datos, la arrogancia de la heredera se desmoronó. Reconoció los diagramas de flujo de mando de su propia familia. Sin una palabra, entregó sus códigos de acceso de élite. Había aceptado la verdad: ambos eran desechos biológicos en un sistema diseñado para reciclar cadetes.
Llegaron a la Torre de Mando, donde el aire sabía a ozono y aceite quemado. Leo se arrastró hasta la consola central, con sus dedos temblando sobre la interfaz. El Módulo pre-Aegis emitía un zumbido agónico que le recorría los nervios como un cable pelado.
—Acceso denegado —sintetizó la IA con una voz gélida—. Rango de usuario insuficiente. Nivel de acceso requerido: Comandante de Flota.
Leo golpeó la consola. El holograma de su rango, un triste 'Bajo' parpadeando en rojo, era un insulto ante la magnitud de la traición. Antes de que pudiera responder, la escotilla de mando estalló en una lluvia de chispas. El Instructor Kael entró, su uniforme impecable contrastando con el caos del sector.
—Has llegado más lejos de lo que esperaba, Valerius —dijo Kael, desenvainando un arma de pulso—. Pero ese módulo no te pertenece. Es la llave maestra para comandar esta nave, y no dejaré que un chatarrero la desperdicie.
De repente, la gravedad cambió. La torre de mando se inclinó violentamente, los mamparos se abrieron y el vacío del espacio se reveló ante ellos. La academia no estaba en un planeta; se estaba lanzando al espacio exterior. La nave de guerra, su verdadera forma, había iniciado su secuencia de combate, dejando a Leo y a Valeria colgados en el abismo, con el sistema identificándolo como un intruso de rango inferior mientras el protocolo de purga final comenzaba a cargar.