Dignidad bajo presión
El aire en la Sala de Mando de Aegis Prime era un vacío gélido, cargado con el olor a ozono y el desprecio clínico de los instructores. Leo Valerius permaneció en el centro de la plataforma, sintiendo el peso de los ojos del Consejo sobre su uniforme desgastado. Sobre la mesa táctica, un holograma proyectaba su trayectoria: una caída libre de rango y un historial de inestabilidad técnica que Valeria Thorne, sentada al fondo con una elegancia depredadora, se había encargado de resaltar.
—El Campo de Pruebas está colapsando, Valerius —sentenció el instructor jefe, señalando la curva roja de su núcleo—. Tu Carcasa es una anomalía de chatarra que consume recursos de la academia. Thorne ha presentado evidencia de que tu telemetría fue manipulada para ocultar daños estructurales. ¿Alguna última palabra antes de que revoquemos tu licencia y tus restos sean chatarrizados?
Leo sintió el zumbido eléctrico del módulo pre-Aegis en su interfaz neuronal. La verdad sobre la purga de su familia, extraída de los servidores centrales durante su última infiltración, vibraba en su mente como una brasa. No podía revelar el hackeo, pero podía usar la inconsistencia de la academia como arma.
—Mi telemetría no está manipulada, está optimizada —respondió Leo, con la voz firme—. Si revisan el registro del sector 4, verán que las fallas no son mías, sino de los protocolos de mando que ustedes mismos imponen a los modelos de élite. Si expulsan al cadete que expone los errores, admiten que la academia prefiere ocultar la ineficiencia antes que corregirla.
El silencio que siguió fue absoluto. Kael, apoyado contra la pared, observó a Leo con una chispa de interés cínico. Thorne apretó los puños, su máscara de perfección agrietándose. El Consejo, atrapado en su propia burocracia, no podía invalidar los registros sin exponer la IA que ellos mismos gestionaban. Con un gesto seco, el instructor jefe le permitió retirarse, aunque bajo vigilancia estricta. Había ganado tiempo, pero a costa de ser el blanco directo de cada sensor en el sector.
De regreso en el Campo de Pruebas, el ambiente era de funeral. La noticia del cierre definitivo al amanecer se había filtrado. Kael lo interceptó en el simulador, bloqueando la salida de la cabina de la Carcasa.
—El Consejo ha votado, Leo. Al amanecer, esto es un cementerio —dijo Kael, bajando la voz—. Tienes tres horas. Demuéstrame que tu destreza no es solo un error de cálculo del sistema, o Thorne te hará pedazos antes de que el sol toque la pista.
Leo se deslizó en la cabina. El compensador de inercia gemía, pero activó el módulo pre-Aegis. El dolor fue un latigazo, pero la recompensa fue una claridad absoluta. La red de la academia, antes un muro opaco, se volvió una malla de luz. En el simulador, enfrentó tres mechs de élite configurados con los patrones de los seguidores de Thorne. Leo no intentó igualar su potencia; se movió en los puntos ciegos de la IA, forzando a los oponentes a colisionar entre sí mediante manipulaciones de telemetría en tiempo real. Kael observaba la pantalla, su cinismo reemplazado por un asombro que intentaba ocultar. Leo había convertido su inestabilidad en una ventaja táctica, prediciendo los errores de la IA antes de que ocurrieran.
Al salir, Thorne lo esperaba en el hangar, rodeada de drones de seguridad. El Campo de Pruebas estaba siendo sellado; el cronómetro marcaba menos de dos horas.
—Tu persistencia es patética, Valerius —escupió ella—. El sector será sellado en breve. Entrega la llave de acceso o serás expulsado por la fuerza.
Leo, con los dedos manchados de grasa y el pulso acelerado, terminó de sellar el bypass de su módulo. Sabía que Thorne no venía por el equipo; venía por la evidencia de la traición familiar que él guardaba en su interfaz.
—La academia no es la que cierra el sector, Thorne —dijo Leo, mirándola a los ojos con una calma helada—. Es la IA la que está purgando los datos. Y cuando esto se selle, serás tú quien se quede a oscuras, no yo.
Thorne retrocedió un paso, confundida por la seguridad de Leo. Mientras los drones avanzaban, el módulo pre-Aegis comenzó una sincronización forzada. El mundo a su alrededor se distorsionó; las líneas de datos empezaron a flotar en su visión periférica, superponiéndose a la realidad. Leo comprendió que la sincronización no solo le daba control, sino una visión táctica que reescribiría las reglas de su supervivencia. El Campo de Pruebas se apagó, sumiendo el hangar en una oscuridad total, excepto por el brillo azul pálido que emanaba de su propia interfaz. El juego había cambiado, y la verdadera cacería apenas comenzaba.