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Chapter 4: La escalera se estrecha

Leo utiliza el módulo prohibido para sabotear el acceso de los seguidores de Thorne a los suministros, logrando una reparación crítica a costa de la estabilidad de su núcleo. Tras una confrontación con el Instructor Kael, quien revela que el módulo perteneció a un cadete fallecido, Leo descubre que el dispositivo ha hackeado la red central de la academia, exponiendo una red fantasma que registra y manipula el rendimiento de los cadetes. El capítulo termina con el mech de Leo bloqueado por la sobrecarga de datos justo antes de su misión en la Zona de Exclusión.

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La escalera se estrecha

El compensador de inercia de la «Carcasa» no emitía un zumbido, sino un grito metálico que resonaba directamente en los dientes de Leo. Faltaban tres horas y cuarenta minutos para el despliegue en la Zona de Exclusión. El panel de diagnóstico parpadeaba en un rojo agónico: Error Pre-Aegis: Inestabilidad de Núcleo al 42%.

Leo se deslizó bajo el chasis, con la llave neumática apretada contra el pecho. Necesitaba ajustar el actuador principal antes de que el metal se fatiga por completo. Una sombra se proyectó sobre el suelo aceitoso del hangar. Botas de cuero pulido. Kaelen, el perro faldero de Valeria Thorne, pateó el maletín de herramientas de Leo, enviándolo a deslizarse por el hangar hasta quedar fuera de alcance.

—Thorne dice que el aire en este sector es demasiado caro para desperdiciarlo con chatarreros —dijo Kaelen, bloqueando la salida. Sus dos acompañantes se cruzaron de brazos, obstruyendo el acceso a la mesa de suministros.

Leo no intentó levantarse. Sabía que una pelea física significaría su expulsión inmediata. En su lugar, cerró los ojos y forzó la conexión con el módulo prohibido. El dolor le atravesó el cráneo como un clavo ardiente, pero la respuesta fue instantánea: el sistema de seguridad del hangar, diseñado para cadetes de bajo rango, reconoció la firma de energía antigua del módulo como un código de administrador de nivel superior. Las luces del hangar se tornaron rojas, las puertas de los casilleros se abrieron de golpe y los ventiladores de techo se dispararon, lanzando una ráfaga de aire helado que obligó a los seguidores de Thorne a retroceder, cegados por las alarmas. Leo se arrastró, recuperó la llave y, mientras el sistema colapsaba bajo la sobrecarga, su núcleo saltó al 55%. La Carcasa gimió, pero el actuador quedó fijado.

Minutos después, Leo estaba frente al escritorio del Instructor Kael. El aire en la oficina olía a ozono quemado.

—Sabes que esto es una sentencia, Valerius —dijo Kael sin levantar la vista—. Ese módulo es un parásito. Te dejará como una carcasa vacía en mitad de la arena.

—Si no lo usara, ya me habrían desguazado —respondió Leo, manteniendo la mirada—. Thorne bloqueó mis suministros. No tengo más opciones.

Kael se recostó, escudriñando a Leo con ojos endurecidos por décadas de servicio. Soltó un suspiro pesado.

—Ese módulo perteneció a un cadete que entrené hace diez años. Murió porque creyó que podía controlar la red fantasma. Si vas a la Zona de Exclusión, no es solo por castigo. Es la única forma de encontrar piezas de grado Aegis que estabilicen tu núcleo. O mueres, o vuelves con un mech que no sea un peligro para la academia. No me decepciones, Valerius. Eres un peón, pero intenta ser uno útil.

Leo salió con el peso de la verdad martilleando su pecho. Kael lo estaba usando, pero el instructor tenía razón. De vuelta en la cabina, mientras el temporizador marcaba menos de una hora, Leo activó la interfaz neuronal para un diagnóstico final.

El aire de la cabina se electrificó. La pantalla de telemetría, usualmente limitada a datos básicos, se abrió como una herida. Los muros de la academia, digitales y físicos, se desvanecieron. Leo no solo veía su mech; veía una red fantasma que conectaba cada unidad de la academia en una malla de datos en tiempo real.

—¿Qué demonios...? —susurró. Una cascada de códigos antiguos inundaba su visor. Eran perfiles de combate, patrones de movimiento y, lo más aterrador, registros de victorias pasadas que el sistema oficial afirmaba haber borrado. La academia no solo entrenaba pilotos; recolectaba sus datos para alimentar una IA de mando que vigilaba a cada cadete, prediciendo su utilidad o su descarte. Y justo en el centro, el perfil de Valeria Thorne brillaba con una luz dorada, alimentada por los datos de todos los que habían caído antes que Leo. Su mech se bloqueó, el sistema colapsando ante la magnitud de la información, dejándolo ciego y vulnerable justo cuando los motores de la misión de reconocimiento empezaron a rugir.

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