Duelo bajo el foco
El rugido de la arena de Aegis Prime se ahogó bajo el chirrido agónico de los actuadores de «La Carcasa». Leo Valerius apretó los dientes, sintiendo cada vibración del chasis como un golpe directo en sus propias costillas. Frente a él, el modelo Vanguard de su oponente, un cadete de rango 85, se deslizaba con una fluidez insultante, disparando ráfagas de plasma que fundían el metal del suelo a centímetros de los pies de Leo.
—¿Eso es todo, chatarrero? —la voz del oponente resonó por los altavoces, cargada de desdén—. Tu máquina se desmorona sola. Ríndete antes de que termines convertido en basura compactada.
Leo ignoró el escarnio. Sus ojos escanearon la trayectoria: su rival atacaba en ciclos de tres, siempre pivotando sobre su eje derecho. Un patrón suicida, si Leo tuviera la potencia para castigarlo. Pero entonces, el compensador de inercia colapsó. El cockpit se sacudió violentamente, enviando una descarga eléctrica por la columna de Leo. El sistema de puntería parpadeó en rojo: fallo inminente. La derrota era un hecho matemático, a menos que cruzara la línea roja.
Leo activó el módulo pre-Aegis oculto en el núcleo. El frío gélido del procesador antiguo se filtró por sus nervios, una interfaz neuronal que no solo procesaba datos, sino que devoraba la realidad. La Carcasa dejó de gemir. El metal oxidado pareció tensarse con una voluntad ajena.
—¡Ahora! —rugió Leo.
El tiempo se fracturó. Su mech ejecutó una rotación imposible que desafiaba la inercia, ignorando los gritos de protesta de sus servomotores fundidos. Con un movimiento preciso, Leo ejecutó una palanca cinemática que arrancó el brazo del rival de cuajo. El Vanguard colapsó, levantando una nube de polvo estéril mientras los monitores de la academia bramaban: «Error de firma: Tecnología prohibida detectada».
El silencio en la arena fue sepulcral. En la torre de mando, el Instructor Kael se puso en pie, sus ojos grises analizando la firma técnica de Leo con una intensidad gélida. Thorne, desde las gradas, gritaba acusaciones de fraude, pero Kael simplemente descendió a la pista.
Leo bajó de la cabina, sus botas resonando con un eco seco. Sus manos temblaban por la descarga residual del módulo. Kael lo interceptó antes de que pudiera retirarse al hangar, su presencia bloqueando cualquier vía de escape.
—La victoria fue una anomalía técnica, no una victoria, Valerius —dijo Kael, arrojando un chip de acceso al suelo frente a él—. Tu módulo está devorando tu núcleo, y tu chatarra se desmorona. Thorne tiene razón en una cosa: eres un desperdicio de recursos.
—¿Me va a confiscar el módulo? —preguntó Leo, manteniendo la barbilla alta a pesar del agotamiento.
Kael soltó una carcajada seca y cínica.
—No. Te voy a dar una razón para morir en el campo de batalla. Es un pase para la Zona de Exclusión. Mañana, al amanecer, realizarás una misión de reconocimiento en el sector de pruebas. Si vuelves con datos, quizás te deje vivir un día más. Si no, tu chatarra será parte del desguace permanente.
Leo recogió el chip. La presión era absoluta; sin suministros, entrar en la Zona de Exclusión era una sentencia de muerte, pero era su única forma de conseguir piezas. De vuelta en su taller, bajo el parpadeo de una luz de emergencia, conectó el módulo a la terminal. El sistema no arrancó con la secuencia estándar; la pantalla se tiñó de un azul cobalto desconocido. Una interfaz fantasma se desplegó, saturando la pantalla con datos encriptados y, lo más aterrador, un mapa de la academia con telemetría en tiempo real de todos los mechs de élite, incluyendo el de Thorne, señalando sus puntos ciegos. Leo comprendió entonces que no era solo un cadete en una misión suicida; se había convertido en una pieza dentro de un juego de poder que apenas empezaba a comprender.