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Chapter 2: El precio de la eficiencia

Leo enfrenta el sabotaje de Valeria Thorne, quien bloquea sus suministros. Tras conseguir un actuador básico en el mercado negro, es interceptado por el Instructor Kael, quien lo obliga a una misión suicida en el sector de pruebas, elevando la presión material y social.

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El precio de la eficiencia

El chasis de la «Carcasa» gimió, un sonido metálico que resonó en la cavidad torácica de Leo. Bajo el panel de control, sus dedos, manchados de grasa negra y sangre seca, intentaban estabilizar el flujo de energía. El módulo pre-Aegis, una reliquia prohibida, palpitaba con una luz violeta que no debería existir en un mech de rango 99. En la pantalla, el código de error parpadeaba: Inestabilidad de núcleo: 42%.

Cada vez que el módulo se sincronizaba con su sistema nervioso, Leo sentía como si le clavaran agujas al rojo vivo en la base del cráneo. Era el precio de la eficiencia: el módulo no reparaba el compensador de inercia, lo forzaba a trabajar mediante una sobrecarga neuronal que estaba devorando la integridad estructural de la máquina.

—Aguanta —siseó Leo, apretando los dientes mientras soldaba un puente de cobre improvisado.

La sirena del hangar cortó el aire. Inspección de rutina. Si los técnicos de la Academia detectaban la firma energética del módulo, no solo desguazarían la Carcasa; lo expulsarían o algo peor. Leo cerró el panel justo cuando las puertas neumáticas se deslizaron con un siseo hidráulico.

Valeria Thorne entró, seguida por dos cadetes de rango superior. Su mech, el «Aurelius», era una obra de arte de polímero blanco y aleaciones de titanio. A su lado, la Carcasa parecía un montón de chatarra a punto de colapsar.

—Valerius —la voz de Valeria era tan afilada como el filo de una hoja de corte—. He revisado los registros de la prueba de hoy. Tu rendimiento fue… estadísticamente imposible para un modelo de tu clase.

Leo se puso en pie, limpiándose las manos en su mono de trabajo. —La suerte favorece a los que no tienen nada que perder, Thorne.

—No fue suerte. Fue una irregularidad técnica. —Ella dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal. Sus ojos, fríos y calculadores, escanearon el mech de Leo—. He bloqueado tus códigos de acceso al inventario de suministros. A partir de ahora, cualquier pieza que necesites tendrá que pasar por mi aprobación directa. Y te aseguro que no voy a desperdiciar recursos de grado A en un chatarrero que está a veinticuatro horas de ser desguazado.

El silencio que siguió fue absoluto. Leo sintió el peso de la humillación, pero más importante aún, el peso de la realidad: sin piezas de repuesto, la Carcasa no sobreviviría a la inspección de mañana.

—¿Eso es todo? —preguntó Leo, manteniendo la mirada.

—Eso es el fin —respondió ella con una sonrisa gélida—. Disfruta tu última noche de servicio.

Cuando se fueron, Leo no se quedó a lamentarse. Corrió hacia los niveles inferiores, donde el aire sabía a ozono y desesperación. En el mercado negro de la Academia, un mercader con un brazo mecánico le lanzó una mirada de desprecio al ver su insignia de rango 99.

—No tengo créditos, pero tengo esto —Leo puso sobre el mostrador un sensor de proximidad de alta precisión que había rescatado de los drones de la prueba anterior.

El mercader lo examinó y soltó una carcajada. —Esto apenas cubre un actuador de segunda mano. Si quieres piezas que no estén rastreadas por la Academia, tendrás que entrar en la Zona de Exclusión. Es territorio prohibido, Leo. Si te atrapan, el desguace será lo menos doloroso que te pase.

—Es eso o el olvido —respondió Leo, guardando el actuador en su mochila.

Al salir del mercado, una figura bloqueaba el camino. El Instructor Kael, con su uniforme impecable y su mirada de veterano, observaba una tableta de datos.

—Thorne ha presentado una queja formal, Valerius. Dice que tu unidad ha superado los parámetros estándar mediante ajustes no autorizados —dijo Kael, sin levantar la vista—. No voy a expulsarte. No todavía. Si el chatarrero quiere jugar a ser ingeniero, tendrá la oportunidad de probar su valía. Mañana, al amanecer, te asignaré una misión de reconocimiento en el sector de pruebas. Si tu mech sobrevive, te dejaré en paz. Si se desmorona, será el fin de tu carrera.

Kael se alejó, dejando a Leo solo con el zumbido agónico de su mech. La inspección era una trampa, y la misión suicida era su única salida. Tenía que entrar en la Zona de Exclusión esta misma noche; era su única oportunidad de reparar el compensador de inercia antes de que el sistema colapsara por completo.

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