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Chapter 1: Chatarra en la línea de fuego

Leo Valerius, un cadete de rango 99, sobrevive a una prueba de desguace forzosa utilizando un módulo de interfaz neuronal prohibido. Aunque logra destruir los drones de prueba y evitar la destrucción de su mech, la victoria le deja con un código de error desconocido y una nueva amenaza: Valeria Thorne ha bloqueado su acceso a los suministros básicos, forzándolo a arriesgarse en la peligrosa zona de exclusión.

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Chatarra en la línea de fuego

El cronómetro holográfico sobre el pecho de la «Carcasa» palpitaba en un rojo agónico: 00:42. Para los cadetes de la Academia Aegis, ese número era una sentencia de muerte técnica. Para Leo Valerius, era el sonido de su propia humillación pública.

—Valerius, deja de arrastrar ese montón de chatarra y retírate —la voz del Instructor Kael retumbó por los altavoces de la arena, cargada de un desdén que cortaba más que el plasma—. Tu licencia de piloto expira en cuarenta segundos. Ahorra a la academia el costo de la limpieza.

En las gradas, Valeria Thorne observaba con una sonrisa gélida. Su mech de clase Vanguardia, impecable y cromado, destacaba como una joya frente a la estructura desvencijada de Leo. Ella no necesitaba mirar el marcador; su rango estaba asegurado. Leo, en cambio, sentía el zumbido irregular del motor de su unidad, un lamento metálico que vibraba en su columna vertebral a través de la interfaz neuronal. Era un fallo crítico en el compensador de inercia; un solo giro brusco y el mech colapsaría bajo su propio peso.

—No hoy —masculló Leo. Sus manos sudaban contra los controles, pero su mente estaba fija en el compartimento oculto bajo el asiento. Allí reposaba un módulo de interfaz neuronal que había rescatado de los restos de un prototipo descartado en la zona de exclusión. Era una pieza prohibida, un cristal negro con filamentos de grafeno que prometía una sincronización que la Academia consideraba físicamente imposible para un cadete de rango 99.

El cronómetro marcó 00:14. Leo no esperó. Con un movimiento seco, conectó el módulo al puerto de diagnóstico.

El zumbido de la «Carcasa» cambió de un quejido agónico a un aullido de alta frecuencia. Una descarga eléctrica le recorrió la columna, como si mil agujas de datos le perforaran el sistema nervioso. La visión de Leo se fracturó: ya no veía solo a través de las cámaras del mech, sino que una capa de telemetría pura superponía trayectorias de fuego y puntos débiles en el blindaje de los drones de prueba. Era una sobrecarga sensorial brutal, pero por primera vez, el mech no se sintió como una carga, sino como una extensión de su propia voluntad.

Dos drones de asalto descendieron, escupiendo ráfagas de plasma. Leo reaccionó a los datos que el módulo le inyectaba directamente al cerebro. La «Carcasa» se inclinó en un ángulo imposible, una maniobra de eslalon que hizo que el metal de sus articulaciones rechinara en protesta. Una de las alas del mech se desprendió, pero Leo no frenó. Aprovechó el impulso, giró sobre su eje y disparó su cañón de riel. El proyectil, potenciado por la sobrecarga del núcleo que el módulo gestionaba con precisión quirúrgica, atravesó el blindaje del dron principal, convirtiéndolo en una lluvia de chispas y metal fundido.

El cronómetro de desguace se congeló en 00:03. La luz roja parpadeó una última vez antes de apagarse, reemplazada por un tono ámbar de advertencia estática.

Leo soltó los controles, sintiendo cómo el sudor le empapaba el traje. Sus manos temblaban por la descarga residual. El módulo prohibido soltó una bocanada de humo acre. En el visor, comenzó a desplazarse un código de error: una secuencia alfanumérica en un dialecto de programación de la era pre-Aegis, una firma de tecnología ilegal que solo los veteranos más antiguos reconocerían como un secreto peligroso.

—¿Qué has hecho, Valerius? —la voz de Kael retumbó, ahora cargada de una sospecha gélida.

Antes de que Leo pudiera responder, la sombra de un mech impecable, de un blanco inmaculado que contrastaba dolorosamente con el óxido de su propia máquina, bloqueó su salida. Valeria Thorne descendió de la plataforma de su unidad, sus ojos fijos en el rastro de humo que emanaba del panel de Leo.

—Has sobrevivido al desguace, chatarrero —dijo ella, con una voz que no ocultaba su desprecio—. Pero no te equivoques. He ordenado que se revoque tu acceso a los suministros de reparación de la academia. Si quieres mantener esa chatarra en pie, tendrás que buscar piezas en la zona de exclusión. Suerte sobreviviendo a la noche.

Leo se quedó solo en la penumbra del hangar, con el módulo emitiendo un pitido agudo y la certeza de que, aunque había ganado un día más, el verdadero juego de supervivencia apenas comenzaba.

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