La última prueba
El hangar 4-B de la Academia Cielo de Hierro se había convertido en una tumba de metal. Los mechs de los cadetes, antes orgullosos centinelas de la jerarquía, colgaban de sus grúas como marionetas sin hilos tras el despliegue del protocolo de apagado nivel 7. Solo el Cicatriz permanecía activo, emitiendo un zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar el suelo de rejilla bajo las botas de Leo Valenti.
Leo estaba encajado en la cabina, su sistema nervioso gritando en sincronía con el núcleo del prototipo. Cada vez que el protocolo de la Academia intentaba forzar una desconexión, el módulo respondía con una descarga de retroalimentación que le quemaba las sinapsis. Su tasa de sincronización oscilaba peligrosamente: 58%, 62%, 65%. El dolor era un fuego blanco que le nublaba la vista, pero era el único precio que le permitía seguir moviéndose.
—Están drenando la telemetría, Leo —la voz de Valeria Kross cortó el aire cargado de ozono. Ella no caminaba; se deslizaba entre las sombras de los mechs inactivos, con la precisión de quien ha sido entrenada para ser invisible—. La administración sabe que tu máquina es la única que resiste. Si no extraes el núcleo de fase ahora, lo arrancarán de tus restos en cuanto el sistema logre forzar la desconexión total.
Leo apretó los controles, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su garganta.
—¿Por qué me ayudas, Valeria? —gruñó, su voz distorsionada por el enlace neuronal—. Eres la heredera de los Kross. Tu estatus depende de que este sistema no cambie.
Valeria se detuvo al pie del Cicatriz. Sus ojos, usualmente gélidos, mostraban una grieta de desesperación. Sacó un componente de tungsteno prohibido, una pieza de estabilización de fase que emitía un brillo azulado, y la conectó directamente al puerto de servicio del mech.
—Este sistema no solo te odia a ti, Leo. Nos está usando como recipientes de datos para replicar tu singularidad y estandarizar el talento. Si tú caes, yo soy la siguiente en la línea de producción. Mi rebelión es la única forma de evitar mi propia obsolescencia.
La instalación del componente provocó una sobrecarga. Un chirrido ensordecedor inundó el taller; los monitores de seguridad de la Academia parpadearon en rojo antes de estallar en una lluvia de chispas. El Maestro Aris, observando desde su taller privado, retrocedió, viendo cómo el Cicatriz absorbía el exceso de energía de la red. El dolor neurológico fue un latigazo brutal, pero la respuesta del mech fue inmediata. El Cicatriz se puso en pie, su chasis emitiendo un zumbido armónico que resonó en los cimientos del hangar.
—El Gran Torneo comienza en menos de una hora —dijo Valeria, alejándose hacia las sombras mientras los ejecutores de rango S derribaban la entrada principal del hangar—. Demuéstrales que no eres un error de sistema. Demuéstrales que eres el arma que no pueden controlar.
Leo cerró los ojos, fusionando su voluntad con el metal. El dolor en su columna se volvió un fuego frío, pero su mente, clara y letal, ya estaba calculando las trayectorias de los ejecutores que entraban en la arena. La Academia quería una prueba pública; Leo estaba a punto de darles una lección de supervivencia que reescribiría el escalafón para siempre.