Sabotaje sistémico
El silencio en el hangar de nivel bajo no era paz; era una tumba de acero. A mi alrededor, los mechs de mis compañeros eran carcasas inertes. La purga de la Academia, un protocolo de apagado nivel 7, había convertido la base en un cementerio tecnológico. Solo el Cicatriz seguía encendido, su núcleo vibrando contra mi columna vertebral como un corazón intruso. Cada latido del motor era una descarga eléctrica que me recorría el sistema nervioso; la fusión sináptica ya no era una interfaz, era una sentencia de muerte lenta.
Mis manos, empapadas en sudor frío, se movieron sobre la consola. Inserté el chip de datos que Valeria Kross me había entregado. El terminal chirrió, una protesta mecánica que resonó en el hangar vacío. En la pantalla, las líneas de código se desplegaron en cascada, revelando una intrusión persistente desde el servidor central. No era un fallo; era un saqueo sistemático. Alguien en la administración estaba drenando la telemetría de mi última pelea, analizando cómo mi sistema nervioso había forzado al prototipo a romper sus límites de fábrica.
—Detectado residuo de señal no autorizado —la voz sintética del sistema de seguridad rebotó en las paredes—. Iniciando purga de sector 4. Eliminación de activos inestables en 46 horas.
Cuarenta y seis horas. Ese era mi margen de vida antes de que la Academia borrara mi existencia. Un zumbido metálico, pesado y rítmico, se acercó desde el pasillo principal. Los ejecutores de la administración no buscaban prisioneros; buscaban el prototipo. Me arrastré por el ducto de mantenimiento, con los dedos ensangrentados aferrándome a los cables de fibra óptica. Cada movimiento era una puñalada de dolor neurológico, pero no podía detenerme. Si el Cicatriz caía en manos de la administración, mi apellido moriría con él.
Al llegar al laboratorio privado del Maestro Aris, lo encontré tecleando frenéticamente. Su rostro, pálido bajo la luz azulada de los monitores, reflejaba un miedo que nunca antes le había visto.
—Detente, Leo —gruñó Aris sin mirarme—. El comando de purga es total. Si tu conexión no se corta ahora, tu sistema nervioso se carbonizará. No puedo permitir que este prototipo se pierda, pero menos aún que seas tú quien muera en mi mesa.
Aris ejecutó el comando de apagado central. Una cascada de caracteres rojos recorrió la red interna hacia mi mech. Apreté los dientes, esperando el frío de la parálisis neuronal. El Cicatriz gimió, un sonido de metal retorciéndose, pero no se apagó. En su lugar, el prototipo emitió un zumbido armónico que hizo vibrar el suelo del laboratorio. La interfaz, lejos de colapsar, se estabilizó. El sistema ignoraba la orden de la Academia como si fuera ruido estático.
Aris retrocedió, horrorizado. —No responde. El protocolo de seguridad debería haberlo dejado inerte al instante. ¿Qué le has hecho?
Antes de que pudiera responder, la puerta se deslizó con un silbido. Valeria Kross entró, con la respiración agitada, sosteniendo un componente crítico del chasis que faltaba en el prototipo. Me miró, luego al mech, y una resolución gélida cruzó su rostro.
—La Academia no solo quiere borrarte, Leo —dijo Valeria, arrojándome la pieza—. Quieren tu núcleo. Y si el sistema no puede apagarte, enviarán a los ejecutores de rango S. Si vamos a sobrevivir a esto, vas a necesitar que el Cicatriz deje de ser un prototipo y empiece a ser un arma.
El Cicatriz se mantuvo firme, una anomalía de acero en un mundo que exigía obediencia. La purga había comenzado, pero por primera vez, el sistema no tenía el control total.