La escalera se ensancha
El olor a ozono y cable quemado saturaba la enfermería, un aroma que Leo Valenti asociaba ahora con el precio de su propia supervivencia. Estaba sentado en el borde de la camilla, observando su brazo derecho. Los dedos, pálidos y rígidos, apenas respondían a sus órdenes mentales. El prototipo, incrustado en su columna, zumbaba con una frecuencia sorda que le provocaba náuseas; una simbiosis forzada que le había dado la victoria contra Kaelen, pero que ahora le cobraba el alquiler en tejido nervioso.
—Tu tasa de sincronización alcanzó el 65% en el último reporte —la voz del Maestro Aris cortó el silencio, fría como el metal de un hangar—. Un salto absurdo. Un suicidio técnico.
Aris se acercó, sus ojos escaneando la pantalla de monitoreo con una intensidad depredadora. Leo apretó los dientes, sintiendo un hormigueo eléctrico recorrer su espalda. Cada vez que intentaba cerrar el puño, una descarga fantasmal le recordaba que el Cicatriz no solo estaba siendo pilotado; el mech estaba empezando a colonizarlo.
—No es suicidio si sigo en pie —respondió Leo, su voz áspera—. La purga es en 46 horas. Si no alcanzo el umbral de élite, la Academia me borrará antes de que el prototipo termine de devorarme.
—La purga es solo el inicio, muchacho —Aris dejó un chip sobre la mesa, sus dedos nudosos ocultando una cicatriz antigua—. La Academia no purga por falta de talento, sino por miedo a lo que no pueden controlar. Y tú ahora eres una anomalía con patas.
Al salir de la enfermería, el pasillo de la Academia Cielo de Hierro se sentía como una zona de guerra en miniatura. Los cadetes de niveles superiores, antes expertos en ignorarlo, ahora se apartaban a su paso. No era respeto, era un miedo instintivo a lo que no podían clasificar. Leo era un error en el sistema que acababa de derribar a un favorito.
—Valenti —la voz de Valeria Kross cortó el aire estéril con la precisión de un bisturí. Se acercó, impecable, su uniforme sin una sola arruga, contrastando con el rastro de aceite en la manga de Leo. Sus ojos no mostraban desprecio, sino una urgencia depredadora—. ¿Qué le hiciste a Kaelen? Ese mech era una carcasa, pero lo moviste como si fuera una extensión de tu sistema nervioso. Sé que no es solo habilidad.
Valeria le entregó un dispositivo de acceso externo.
—La purga no es una limpieza de activos defectuosos, Leo. Es una purga de testigos. La Academia está enviando cadetes como carne de cañón a la frontera. Si quieres sobrevivir a las próximas 46 horas, usa esto. No soy tu aliada, pero prefiero que el sistema explote contigo antes que conmigo.
Leo se refugió en su taller, el lugar donde el Cicatriz descansaba como una bestia herida. Conectó el chip de Valeria y la pantalla parpadeó, pasando de la interfaz de la Academia a un canal cifrado de grado militar.
—Valenti —una voz sintética llenó la estancia—. Tu rendimiento en la arena ha sido eficiente. Sabemos lo que llevas integrado en la columna. Entrega el prototipo a nuestras fuerzas en la periferia y te sacaremos de este matadero. Serás un activo de nuestra facción, no un número de serie desechable.
Leo miró su mech. Las placas de metal oxidado ocultaban el módulo que le costaba la vida, pero que era su única llave hacia el poder. La oferta era una traición a su padre y a la Academia, pero la alternativa era la muerte por purga.
De repente, una sirena estridente destrozó el silencio. El protocolo de bloqueo de la Academia se activó antes de tiempo. Las luces cambiaron a un rojo de emergencia. Leo vio, a través de las cámaras del taller, cómo los mechs de los otros cadetes se desplomaban, sus sistemas desconectados por el comando central.
—Acceso denegado. Reiniciando núcleo de energía —anunció la IA de la Academia.
Leo se subió a la cabina del Cicatriz. El prototipo vibró, ignorando la señal de apagado que paralizaba al resto de la flota. Leo sintió una punzada aguda en la base del cráneo, el costo de la fusión sináptica, pero al tomar los controles, el mech respondió con una fluidez aterradora. La purga había comenzado, y él era el único que seguía encendido.