Duelo de herederos
El Cicatriz no rugía; gemía. El metal de su chasis, remendado con chatarra de baja calidad, vibraba bajo la presión del módulo prototipo. Leo Valenti, sentado en la cabina, sentía cómo el calor del núcleo se filtraba a través de los cables neuronales, una quemazón constante que le recordaba que su tiempo se agotaba. El cronómetro en la pantalla de la academia marcaba 46 horas para la purga. Si no demostraba su valía hoy, no habría mañana.
—Tu sincronización ha trepado al 58% —la voz del Maestro Aris sonó por el comunicador, fría y desprovista de consuelo—. El sistema nervioso ya no está enviando señales al mech, Leo. Está siendo reescrito. Si fuerzas una maniobra de alta velocidad contra Kaelen, tus conexiones sinápticas podrían freírse antes del primer impacto.
Leo apretó los dientes, ignorando la migraña que le nublaba la visión periférica.
—Si no gano, el sistema me borrará de todos modos. Prefiero morir quemado que ser desechado como basura.
El Coliseo de la Academia Cielo de Hierro era un abismo de acero y luces cegadoras. En el centro, el Aegis de Plata de Kaelen aguardaba. Era una obra maestra de la ingeniería de élite, pulido hasta el espejo, una afrenta visual contra el aspecto oxidado del Cicatriz. Valeria Kross observaba desde el palco superior, su postura rígida, sus ojos fijos en Leo con una mezcla de desdén y una curiosidad que empezaba a rayar en la obsesión.
—No lo destruyas de inmediato, Kaelen —la voz de Valeria resonó por los altavoces, clara y cruel—. Quiero que la audiencia vea cómo la chatarra se deshace pieza por pieza.
Kaelen no respondió. Su Aegis se lanzó hacia adelante, un borrón de cromo y velocidad. Leo no intentó bloquear; no podía. El módulo en su nuca inyectó una ráfaga de datos crudos, convirtiendo el mundo en una red de vectores de ataque. El dolor fue una descarga eléctrica, pero los movimientos de Kaelen se volvieron predecibles, trazados en líneas de luz roja sobre su visor.
Leo esquivó el golpe descendente por milímetros. El Cicatriz gimió, sus servos al límite de la fractura. Kaelen, frustrado por la esquiva, arremetió con una serie de estocadas pesadas. Leo, con los ojos inyectados en sangre, forzó el módulo a una sobrecarga deliberada. El Cicatriz giró sobre su eje, una maniobra suicida que dejó al Aegis expuesto. Con un golpe seco y preciso, Leo inmovilizó el brazo principal del mech de Kaelen. El silencio en la arena fue sepulcral; los patrocinadores observaban, mudos, cómo el rango inferior desmantelaba al favorito.
Al terminar, Leo intentó desconectarse, pero el sistema no respondió. Un error de sincronización parpadeó en rojo. Valeria bajó a la arena, su rostro pálido, despojado de su máscara de superioridad. Se acercó a la cabina y, al ver los cables incrustados en la piel de Leo, su expresión se transformó en terror.
—No es un error —susurró ella, agarrándolo por la chaqueta mientras los filamentos de grafeno se hundían más en la columna de Leo—. El prototipo no se desconecta. Se está fusionando contigo. La Academia no te dejará salir de aquí con esa potencia en tu sistema.
Le deslizó un chip de datos en la palma. —Es un acceso externo. Si quieres sobrevivir a la purga, corre.
El pitido de la interfaz se convirtió en un chillido metálico. El calor abrasador recorrió sus nervios, inyectando una potencia bruta que amenazaba con incinerar su conciencia. Mientras Valeria retrocedía, un mensaje encriptado parpadeó en su visor: una facción militar externa le ofrecía un trato. La traición era el único camino hacia la supervivencia.