Ascenso forzado
El zumbido del Cicatriz no era un sonido, sino una vibración que le taladraba los dientes a Leo Valenti. Cada vez que intentaba estabilizar el núcleo, el dolor neurológico le punzaba detrás de los ojos como una aguja al rojo vivo. 58%. Esa cifra, parpadeando en la interfaz, no era solo una estadística de sincronización; era una sentencia de muerte técnica. Faltaban cuarenta y seis horas para la purga de la Academia Cielo de Hierro, y el tiempo se agotaba.
—Si sigues forzando esa interfaz, el daño en tu corteza cerebral será irreversible antes de que suene la campana del torneo —la voz del Maestro Aris cortó el aire estancado, cargada de una frialdad que apenas ocultaba su curiosidad depredadora.
Leo ignoró la advertencia, sus dedos temblorosos moviéndose sobre el panel de control. El Cicatriz, una amalgama de chatarra y tecnología de élite, emitía un ronroneo irregular. Frente a él, el código fuente diseñado por su padre parpadeaba en una pantalla secundaria. No era una mejora estándar; era una secuencia de desbloqueo oculta, un lenguaje que parecía reconocer la firma neuronal de un Valenti.
—Mi padre no construyó esto para que fuera un juguete de exhibición, Aris —masculló Leo, con la voz áspera—. Lo construyó para que el piloto fuera el sistema, no un esclavo de un rango que ustedes manipulan.
Aris soltó una carcajada seca, acercándose a la bahía.
—Tu padre buscaba la redención en el metal, Leo. Pero el metal no perdona. Si sobrevives al torneo, quizás descubras por qué la Academia te quiere muerto. Por ahora, concéntrate en Kaelen. Es el ejecutor de Valeria Kross, y tiene órdenes explícitas de reducir tu chasis a cenizas en la arena.
Leo sintió que el peso del legado de su padre se transformaba en una urgencia gélida. Salió del taller hacia el Centro de Control, donde el aire estaba cargado de estática y ozono. Los cadetes de alto rango se hacían a un lado, sus miradas cargadas de desdén, pero ahora había algo más: miedo. Leo se detuvo ante la consola de inscripciones. El despliegue de hologramas reveló la estructura del torneo. Su nombre, asociado al Cicatriz, aparecía en la parte inferior de la tabla. A su lado, el nombre de su oponente brillaba en letras doradas: Kaelen.
—El sistema no comete errores, Valenti —una voz gélida cortó el silencio. Valeria Kross estaba de pie a pocos metros, impecable, con esa autoridad que solo el linaje Kross podía otorgar. Detrás de ella, Kaelen, un joven de hombros anchos y mirada vacía, observaba a Leo como si fuera un desperdicio de espacio—. Kaelen no solo te derrotará; desmantelará tu prototipo pieza por pieza. Retírate ahora y quizás te permitan trabajar en las minas de desguace en lugar de ser expulsado con deshonra.
Leo no apartó la vista. La presión en su cráneo era insoportable, pero al ver a Valeria, sintió una claridad absoluta. Ella temía que su rendimiento no fuera una anomalía, sino el inicio de su propia caída.
—Dile a tu perro que se prepare, Valeria —respondió Leo con una calma que le sorprendió incluso a él—. Porque el Cicatriz no se va a romper. Va a demostrar exactamente qué tan frágiles son sus rangos.
Se inscribió con un golpe seco en la pantalla. El público guardó silencio cuando el emparejamiento se proyectó en la pantalla principal. El duelo era inevitable. Leo se retiró a la bahía de carga mientras el tiempo de la purga se reducía a cuarenta y seis horas exactas. Sabía que los sensores de la Academia lo vigilaban, grabando cada microajuste en el núcleo, pero ya no importaba.
La interfaz neuronal del prototipo comenzó a fusionarse con sus sinapsis, un tejido de datos quemándole los pensamientos. Era un dolor puro, eléctrico, que prometía un colapso inminente, pero mientras los sensores de la Academia analizaban su mech, Leo sintió cómo el Cicatriz respondía no a sus comandos, sino a su voluntad. La lista de inscritos parpadeaba frente a él: Leo Valenti contra Kaelen. El público empezó a corear el nombre del favorito, pero Leo ya no escuchaba. Solo sentía el pulso del prototipo, una extensión de su propio sistema nervioso, esperando el momento del impacto.