La verdad tras el metal
El aire en la plataforma de pruebas aún sabía a ozono y a metal fundido. Leo Valenti se desplomó contra el panel de control del Cicatriz, con los dedos temblorosos y la visión distorsionada por una estática roja que le taladraba el cráneo. El zumbido en su nuca no era una metáfora; era el costo brutal de haber forzado una sincronización del 58%. Cada respiración le disparaba espasmos de dolor, un recordatorio de que el prototipo no era una herramienta, sino una guillotina neuronal.
—¡Identifíquese! —rugió una voz amplificada. Los reflectores de los cadetes de élite cortaron el humo, iluminando la silueta destrozada de su mech. Leo apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Tenía 46 horas y 58 minutos antes de que la purga administrativa borrara su existencia de la academia. Si los guardias confiscaban el Cicatriz ahora, descubrirían el módulo prohibido y su ejecución sería inmediata. Necesitaba tiempo. Necesitaba a Aris.
Con un esfuerzo agónico, Leo conectó su terminal al puerto de diagnóstico. Sus manos, empapadas en sudor frío, volaron sobre la pantalla. Redirigió la energía restante del módulo hacia una sobrecarga controlada del nodo de diagnóstico, creando un falso reporte de fallo catastrófico en el sistema de navegación. Cuando los cadetes llegaron, solo encontraron un amasijo de cables quemados y un piloto aparentemente al borde del colapso. Valeria Kross apareció entre la humareda, su mirada gélida recorriendo los restos. No dijo nada, pero su mano sobre la empuñadura de su arma de servicio se relajó. Por una razón que Leo no comprendía, ella desvió a los guardias con un gesto desdeñoso. Él estaba libre, pero bajo una vigilancia que se sentía como una soga al cuello.
Leo llegó al taller privado de Aris arrastrando los pies, con el sistema nervioso al límite. Sin llamar, entró y lanzó una tableta de datos sobre la mesa de trabajo. El dispositivo mostraba la firma del rastreo de nivel 7, una entidad digital ajena a la academia que lo había cazado en la simulación.
—Esto no es de la Academia, Aris —espetó Leo, acorralándolo—. Me han estado cazando con tecnología que no debería existir aquí. ¿Qué demonios le has instalado a mi máquina?
Aris dejó la soldadora, sus hombros tensos bajo la bata manchada de grasa. —La potencia tiene un precio, Valenti. No viene sin una etiqueta de riesgo.
—No es un riesgo, es una sentencia de muerte —Leo lo agarró por el hombro, obligándolo a girarse. La cara de Aris, surcada por años de cinismo, reveló un destello de culpa pura—. Este módulo… el rastreo responde a una firma que reconozco. Es el código de mi padre, ¿verdad?
Aris soltó un suspiro pesado, rindiéndose. —Él diseñó el prototipo que está devorando tu sistema nervioso. La Academia te usa como conejillo de indias para perfeccionar su arma. Si te retiras ahora, vivirás como un inválido. Si sigues, el rastreo te matará antes de que alcances la cima.
Leo sintió que el mundo se tambaleaba. Su padre no era solo un nombre olvidado; era el arquitecto de su agonía. —Modifícalo —ordenó, con una frialdad que sorprendió al mentor—. Haz que sea mío. Si voy a morir, que sea bajo mis propios términos.
Aris inyectó un suero fluorescente en el núcleo del Cicatriz. El metal vibró con un zumbido agudo que taladró los oídos de Leo. —Si oculto tu firma, el sistema creerá que eres un error de cálculo y te borrará —advirtió Aris—. El dolor será constante, una quema que no cesará hasta que el código se funda con tu médula.
Leo salió del taller con el Cicatriz modificado, pero con la conciencia de que su vida ya no le pertenecía. Regresó a los dormitorios mientras el cronómetro marcaba 46 horas y 12 minutos. Al revisar la terminal, el terror se transformó en una determinación gélida. La lista oficial de inscritos para el torneo académico estaba abierta. Su primer oponente era Kaelen, el ejecutor de la facción de Valeria Kross. No era una pelea; era un sacrificio ritual diseñado para forzar su colapso. Leo fijó su mirada en el cronómetro; el torneo no era solo una prueba, era el escenario donde demostraría que el 'chatarra' era el único capaz de reclamar el legado que la Academia intentaba enterrar con él.