La sombra de la heredera
El cronómetro de la purga no se detuvo cuando Leo entró en la cámara de simulación. Marcaba cuarenta y siete horas y doce minutos; un recordatorio frío de que, en la Academia Cielo de Hierro, el tiempo no se medía en segundos, sino en la proximidad de la irrelevancia total. Pero al encender el Cicatriz, la realidad virtual se fracturó. El entorno de calibración estándar se disolvió en una estática roja y violenta que perforó sus oídos como agujas.
—Error de protocolo —la voz de la IA, distorsionada por un ruido blanco punzante, resonó en la cabina—. Amenaza externa detectada. Nivel 7.
Leo apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre. El módulo prototipo, incrustado en su columna, vibró con una intensidad dolorosa, inyectando ráfagas de sincronización forzada al 58%. El dolor era una descarga eléctrica constante, una advertencia de que su sistema nervioso estaba al límite. Tres mechs de asalto, siluetas negras sin identificación, aparecieron de la nada en el horizonte digital. No eran bots; se movían con una precisión táctica que humillaba a los cadetes de élite. El primer disparo de cañón de riel pasó a milímetros de su cabina, dejando una estela de calor que hizo chirriar el blindaje del Cicatriz. Esto no era una prueba. Era un intento de asesinato diseñado para parecer un fallo técnico.
En la sala de control, Valeria Kross observaba el monitor principal con los nudillos blancos. Sus dedos volaron sobre el panel táctil, intentando forzar un comando de anulación. El sistema respondió con un destello escarlata: Acceso denegado. Protocolo de rastreo nivel 7 activo. Sus ojos escanearon los logs. La firma energética no provenía de la academia, ni de su facción. Era una intrusión externa, una sombra digital que devoraba el rendimiento del mech de Leo. Si Leo moría aquí, bajo una manipulación tan burda, la academia sería el escenario de una investigación que ella no podría controlar. Su estatus dependía de la estabilidad de Cielo de Hierro, no de una ejecución encubierta.
—¿Quién demonios está usando el Cicatriz como cebo? —murmuró, antes de lanzar un código de anulación parcial hacia el mech de Leo. No era piedad, era control.
Dentro de la cabina, el Maestro Aris irrumpió en el canal privado, su voz cargada de una urgencia inusual. —¡Valenti, ese rastreo no es de la academia! Es una cacería de brujas contra el legado de tu padre. Si el sistema completa el volcado de datos, borrarán tu registro y tu vida. Sacrifica el amortiguador K-9. Úsalo como fusible para purgar el sistema.
Leo dudó. El amortiguador era su única ventaja defensiva externa. Pero el dolor neurológico era insoportable, una marea roja que amenazaba con apagar su conciencia. Con un rugido de frustración, Leo redirigió la energía. El Cicatriz emitió un gemido metálico cuando el K-9 se sobrecargó y estalló en un estallido de energía pura. La onda expansiva desintegró a los atacantes simulados y destrozó la plataforma de pruebas real, enviando escombros volando por todo el hangar.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por las alarmas de incendio. Leo salió de la cabina, herido, con la vista nublada. Aris lo esperaba en la penumbra del hangar.
—Es el único arma que puede detenerlos —escupió el maestro, señalando el guantelete de Leo—. Si el prototipo cae en sus manos, la red de seguridad será su juguete.
Leo miró el contador: cuarenta y seis horas restantes. Sabía que no podía esconderse. Al doblar la esquina, tres cadetes de élite le cerraron el paso, con los rifles de plasma cargados.
—¡Es el responsable del colapso! —gritó uno—. ¡Elimínenlo!
Leo levantó la mano, sintiendo cómo el prototipo pulsaba, hambriento. La purga no era su única amenaza; la verdadera guerra acababa de comenzar.