Escalera de cristal
El aviso rojo de mantenimiento parpadeaba sobre el hangar cuando dos cadetes con brazaletes plateados le cerraron el paso a Leo antes de que pudiera llegar al compartimiento del Cicatriz.
—Orden de la facción Kross —dijo el primero, sin molestarse en fingir cortesía—. Tu acceso al mercado interno queda congelado hasta nueva revisión. Piezas, lubricante, celdas, todo.
Leo se quedó inmóvil. El duelo contra Rylan le había comprado aire, no libertad. El reloj de purga en su muñeca marcaba 47 horas y 12 minutos. El segundo lugarteniente sonrió con desdén.
—La heredera no quiere chatarra premiada circulando por los corredores. Menos ahora que todos miran tu mech como si fuera un truco barato.
Leo apretó la mandíbula, sintiendo el eco del dolor neurológico que el módulo prototipo le inyectaba en la base del cráneo. Pasó entre ellos, obligándolos a retroceder.
—Díganle a Kross que su orden llegó tarde —soltó Leo, su voz carente de la vacilación de antaño—. Ya no soy el mismo tipo que se arrastra a pedir permiso.
Sabía que no podía quedarse en la academia. El mercado interno estaba cerrado, pero el mercado negro de la periferia no respondía a los caprichos de Valeria.
El dolor le mordía la nuca mientras avanzaba por la periferia de la academia, un laberinto de contenedores oxidados y armaduras despedazadas. El Cicatriz necesitaba un amortiguador de matriz de grado militar antes de que la inestabilidad del chasis lo convirtiera en un ataúd de metal. En el mercado negro, el aire olía a ozono quemado y desesperación. El Tuerto, un traficante con un parche sobre el ojo y manos que parecían garras mecánicas, lo esperaba entre una torre de actuadores desarmados.
—Llegas tarde, chatarra —dijo El Tuerto, observando la marca de rastreo que parpadeaba en el antebrazo de Leo—. Sé que la academia te está buscando. Si te vendo esa pieza, tu rastro digital será mi sentencia de muerte.
—Tengo créditos de la victoria contra Rylan —respondió Leo, ignorando el temblor en sus dedos—. Y tengo un favor que vale más que tu silencio.
El traficante soltó una risa seca, pero extendió la pieza. Era un amortiguador K-9, marcado con el sello de un escuadrón fronterizo desaparecido. Mientras Leo lo tomaba, una sombra se alargó sobre ellos. El Maestro Aris, con su habitual expresión de desdén calculador, observaba desde la penumbra. Leo no necesitó preguntar; Aris no estaba allí para detenerlo, sino para medir cuánto tiempo más aguantaría su sistema nervioso antes de colapsar.
De vuelta en la academia, Leo se dejó caer en el asiento de la cápsula número 17. El contador marcaba 46 horas y 58 minutos. La voz sintética de la Academia resonó, fría y absoluta:
—Cadete Valenti, sesión obligatoria de calibración. Sincronización objetivo: 58%. Iniciando simulación en tres… dos… uno.
El mundo virtual se materializó: un cañón de asedio lunar bajo un cielo de ceniza. Pero esta vez, no eran drones de práctica. Tres mechs pesados con la insignia de Kross se desplegaron con una agresividad que el sistema no debería permitir.
—Protocolo de seguridad activado —anunció la IA—. Anomalía detectada en interfaz neuronal. Procediendo a purga.
Un rayo de plasma azul incineró el aire donde Leo había estado un segundo antes. El sistema no estaba calibrando; estaba intentando borrarlo. Mientras forzaba el prototipo al límite, sintiendo cómo el daño neurológico se extendía por sus nervios como ácido, un mensaje de error crítico saltó en su visor: Protocolo de rastreo de nivel 7 detectado. Origen: Desconocido. No era de la academia, ni de Kross. Algo más profundo, algo enterrado en el código de su propio mech, lo estaba observando desde dentro.