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Chapter 3: Prueba de fuego en el Sector 4

Leo derrota al cadete Rylan en un duelo público, utilizando el módulo prototipo para alcanzar una sincronización anómala del 58%. La victoria lo salva de la expulsión inmediata, pero atrae la atención peligrosa de Valeria Kross y revela que su mech está siendo rastreado por un protocolo de seguridad desconocido.

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Prueba de fuego en el Sector 4

La compuerta del Sector 4 se abrió con un chirrido metálico que cortó el aire estancado del coliseo. El Cicatriz entró en la arena, su chasis remendado vibrando bajo el peso de una expectativa hostil. Leo Valenti, dentro de la cabina, sentía cómo el módulo prototipo se incrustaba en su sistema nervioso, un parásito de silicio que le devolvía una sincronización del 58%. El contador en su HUD, una proyección de la purga académica, marcaba 47:12. Tenía menos de dos días para demostrar que no era chatarra, o sería purgado del sistema.

En las gradas, el silencio era un arma. Los cadetes de rango bajo, sus pares en la miseria, lo observaban con una mezcla de lástima y desprecio. Sobre ellos, el marcador central proyectaba la sentencia: Leo Valenti - Rango Inferior - Sincronización 58%.

—Mírenlo —la voz de Rylan, un cadete de rango medio, retumbó por el canal abierto—. El chatarra de Valenti vino a jugar a ser piloto. Ríndete, Valenti. Tu armatoste se desintegrará al primer impacto.

Leo no respondió. Sus manos, empapadas en sudor frío, se cerraron sobre los mandos. El Vanguard de Rylan era la antítesis del Cicatriz: blindaje impecable, hidráulica de alta gama, un modelo que olía a presupuesto y privilegio. Leo no luchaba contra un mech; luchaba contra la obsolescencia que la Academia le había impuesto.

La bocina de inicio rasgó el aire. Rylan cargó con potencia bruta, buscando un impacto frontal que hiciera colapsar el soporte izquierdo del Cicatriz. Leo sintió el primer aviso: una punzada de fuego en la base del cráneo. El módulo drenaba su energía vital para alimentar los sensores del mech. De repente, el mundo se ralentizó. Las microvibraciones en la rodilla del Vanguard, el ángulo de su hombro, la trayectoria de su carga; todo se convirtió en una estela roja de datos crudos sobre su pantalla interna.

—Demasiado lento —susurró Leo, con la voz rota por la fatiga.

En lugar de retroceder, forzó al Cicatriz a un giro imposible. El metal del chasis gimió, una queja que resonó en las paredes de la arena. Leo interceptó el brazo hidráulico del rival, bloqueándolo con una precisión quirúrgica que nadie esperaba. Con un movimiento seco, forzó la articulación del Vanguard hasta que el metal cedió con un estallido de chispas. El público contuvo el aliento en un murmullo de absoluta incredulidad.

Leo aprovechó el desequilibrio y lanzó un impacto cinético directo al torso del rival. El Vanguard salió despedido contra la barrera de contención, dejando una estela de metal retorcido. El marcador de sincronización del Cicatriz parpadeó: 58%. Era una anomalía que acababa de romper la jerarquía del sector.

Al salir de la cabina, el dolor en su nuca era una aguja de fuego. Pero no hubo tiempo para el descanso. Mientras caminaba por el pasillo técnico, una luz ámbar parpadeó en el panel interno de su mech: Rastreo activo. Protocolo no autorizado. Leo se detuvo en seco, el corazón golpeándole contra las costillas. Alguien había metido la mano en sus sistemas durante el duelo.

Al alzar la vista hacia el balcón superior, vio a Valeria Kross. No aplaudía. Estaba apoyada en el barandal, observándolo con una intensidad gélida. Su mirada de desdén se había transformado en algo mucho más peligroso: una curiosidad voraz, como si acabara de encontrar una grieta en el sistema que ella misma controlaba. Leo apretó los dientes, sintiendo el rastro invisible del espionaje digital quemándole la piel. La purga seguía en pie, pero ahora, el peligro no solo venía de la academia, sino de alguien que acababa de decidir que él era un sujeto de interés.

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