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Chapter 2: El costo de la sincronización

Leo integra el módulo prototipo en el 'Cicatriz', logrando una sincronización del 58% a costa de un dolor físico severo. Durante una prueba, Valeria Kross detecta una anomalía en el rendimiento del mech, despertando su sospecha. El capítulo cierra con la activación de una purga académica que obliga a Leo a mantener su rendimiento bajo amenaza de expulsión en 48 horas.

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El costo de la sincronización

El aire en el hangar del sector bajo sabía a ozono quemado y a la desesperación de los que no tienen nada que perder. Leo Valenti apretó el último perno del panel dorsal del Cicatriz. Sus dedos, impregnados de grasa negra y sangre seca, temblaban al contacto con el chasis, que ahora vibraba con una frecuencia antinatural. El módulo prototipo, una pieza de tecnología prohibida rescatada del desguace, latía en el núcleo como un segundo corazón, uno que no le pertenecía y que exigía un tributo constante.

—No te detengas ahora, pedazo de chatarra —siseó Leo. Al conectar la interfaz neuronal, un aguijonazo de dolor le recorrió la columna vertebral, como si mil agujas de hielo se clavaran en su médula. Apretó los dientes hasta que el sabor metálico de la sangre inundó su boca.

El Cicatriz respondió antes de que Leo terminara de cerrar la escotilla. No fue el habitual chirrido oxidado de un mech de clase baja; fue un zumbido armónico, una respuesta limpia y depredadora. La pantalla del tablero, antes opaca y llena de errores, se iluminó con un verde clínico: Sincronización: 58%. El número se clavó en su vista como una sentencia de muerte o una promesa de ascenso. Leo activó los impulsores. El mech dio un paso adelante, no con la pesadez de una máquina desmantelada, sino con una fluidez quirúrgica. Cada articulación hidráulica respondía a su voluntad antes siquiera de que él pensara en el movimiento. Se deslizó por el corredor de mantenimiento, forzando al Cicatriz a realizar una secuencia de giro y frenado brusco que habría deshecho cualquier otra unidad de su rango.

Al detenerse, Leo se desplomó contra el asiento del piloto, jadeando. La euforia de la sincronización fue reemplazada instantáneamente por una náusea violenta. Sus manos, aún entumecidas por el choque neural, se deslizaban sobre la consola táctil. El Maestro Aris emergió de las sombras del garaje, su silueta recortada contra las luces parpadeantes del sector bajo.

—Demasiado eficiente, Valenti —la voz del mentor era seca, carente de compasión—. El módulo no solo está puenteando los actuadores. Está forzando a tu sistema nervioso a actuar como un procesador central. Si no aprendes a filtrar el ruido, tus sinapsis se quemarán antes de que la Academia siquiera considere expulsarte.

Leo activó el modo de diagnóstico avanzado. La visión de su cabina se superpuso con una rejilla de datos tácticos; líneas rojas y pulsantes recorrían la estructura de los mechs de entrenamiento cercanos, revelando fisuras microscópicas en el chasis y puntos ciegos que antes eran invisibles para él. No era solo poder bruto; era una ventaja táctica que convertía a cualquier oponente en un libro abierto.

Antes de que pudiera procesar la magnitud de su nueva capacidad, las puertas hidráulicas del hangar sisearon. Valeria Kross entró en la plataforma de mantenimiento como si fuera dueña del aire que respiraban, escoltada por dos cadetes de élite.

—¿Sigues jugando con chatarra, Valenti? —la voz de Valeria cortó el ruido de los ventiladores, cargada de una altivez que buscaba perforar su compostura.

Leo no levantó la vista. Sus dedos ajustaron el flujo de energía hacia el núcleo prototipo, manteniendo la frecuencia en un nivel engañosamente estable. El calor residual del motor le quemaba los antebrazos, pero no permitió que un solo músculo temblara. Valeria se acercó, sus ojos escaneando la línea de aceleración del monitor. De repente, su sonrisa burlona se congeló. Había detectado el desfase armónico: una sutileza imposible. Su mirada se afiló, transformando el desdén en una curiosidad peligrosa. Había visto la grieta en el orden establecido.

—¿Qué hiciste, Valenti? —preguntó una de las cadetes, sin poder ocultar la sorpresa.

—Nada fuera del protocolo —respondió él, cortante, mientras forzaba al Cicatriz a ocultar el pulso del módulo bajo una capa de ruido estático simulado.

Valeria se quedó allí un instante más, observándolo con una intensidad que le erizó la piel, antes de darse la vuelta sin decir palabra. Leo sabía que el tiempo de su secreto era limitado. Al salir del área de pruebas, el dolor en su sistema nervioso se volvió punzante, una advertencia física de que el prototipo le estaba cobrando un precio que aún no terminaba de comprender.

Fue entonces cuando el pasillo principal de la Academia se iluminó con una luz roja, agresiva. Una pantalla holográfica de gran formato proyectó una notificación que se sintió como una bofetada en el rostro de todos los cadetes presentes. Leo se detuvo en seco, el sudor frío recorriéndole la nuca al leer el comunicado oficial: «ALERTA DE PURGA NIVEL 4: Se ha iniciado la auditoría de rendimiento. Todo piloto con un promedio de sincronización inferior al 40% será despojado de su licencia y expulsado de la Academia. Tiempo restante: 48 horas.»

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