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Chapter 1: Chatarra en la línea de fuego

Leo Valenti, al borde de la expulsión por el sabotaje de su mech 'Cicatriz', se infiltra en el sector de desguace prohibido. Allí recupera un módulo de interfaz neuronal prohibido. Al instalarlo, logra una sincronización imposible, pero el costo es un dolor físico extremo y una nueva cuenta regresiva de 48 horas impuesta por el sistema de la Academia.

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Chatarra en la línea de fuego

La cabina del Cicatriz vibró con un estertor metálico que recorrió la espina dorsal del mech antes de morir en un silencio sepulcral. Leo Valenti apretó los mandos, sintiendo cómo el sudor frío le empapaba la nuca. Esperaba el rugido de los servos y el flujo de energía de la Sincronización Obligatoria, pero la pantalla frontal, agrietada y amarillenta, parpadeó en un rojo escarlata: ENLACE RECHAZADO.

Afuera, en el Hangar 4 de la Academia Cielo de Hierro, los otros cadetes deslizaban sus unidades hacia la pista de desguace. Sus mechs brillaban con el pulimento de los créditos bien invertidos, moviéndose con la gracia letal de depredadores. El Cicatriz, en cambio, era un amasijo de placas oxidadas y promesas rotas.

—No… ahora no —murmuró Leo. Giró la llave secundaria. Nada. Forzó la palanca de emergencia. Un chirrido agudo, metal contra metal sin lubricación, fue su única respuesta.

Desde la pasarela superior, una risa cristalina descendió sobre él. Valeria Kross, impecable en su uniforme de élite, observaba con una mano apoyada en la barandilla.

—¿Eso es todo, Valenti? —su voz, amplificada por los altavoces, resonó como una sentencia—. La Academia no guarda chatarra por caridad. Tu tiempo en la línea de ascenso se acabó.

Leo levantó la vista hacia el panel de diagnóstico. No era un fallo técnico aleatorio. Las líneas de enlace estaban cortadas desde el núcleo central. Sabotaje. Alguien se había asegurado de que el Cicatriz fuera un ataúd de hierro antes de que él pudiera encenderlo.

La notificación oficial apareció en su HUD, parpadeando con una crueldad burocrática: RENDIMIENTO INSUFICIENTE. EXPULSIÓN DE RANGO. CONFISCACIÓN DE UNIDAD EN 3 HORAS.

Tres horas. El mundo de Leo se redujo a ese número. Si el Cicatriz no se movía, su apellido, ya manchado por la caída en desgracia de su familia, sería borrado de los registros de la Academia para siempre. Ignorando las burlas, Leo se deslizó fuera de la cabina. No entregaría el mech.

El sector de desguace restringido era un cementerio de gigantes. Leo se movía a ras de suelo, con el pulso golpeándole las sienes. Dos drones de seguridad barrían el pasillo con luces blancas.

—Tienes treinta segundos, Valenti —la voz del Maestro Aris, el instructor que siempre observaba desde las sombras, resonó por los altavoces—. Si te atrapan, la expulsión será lo mejor que te pase hoy.

Leo no respondió. Se ocultó tras el casco perforado de un modelo antiguo. Lanzó una tuerca metálica hacia el otro lado del corredor y, mientras el drone se desviaba, se deslizó hacia la zona prohibida. Allí, entre placas de blindaje marcadas con sellos rojos, lo vio: un módulo pequeño, negro, casi orgánico. Era una interfaz neuronal prototipo. Emitía una firma energética que hacía vibrar los dientes de Leo.

Al tocar el módulo, una descarga estática le recorrió el brazo. El Cicatriz, conectado a su radio de corto alcance, emitió un pulso de reconocimiento.

—No me queda otra —susurró, guardando la pieza bajo su chaqueta.

De vuelta en su hangar, el aire se sentía denso. Leo conectó el módulo al núcleo del Cicatriz. La primera descarga le arrancó un grito sordo. El olor a plástico quemado llenó el recinto. El módulo, injertado a la fuerza, comenzó a latir con una luz azulada y violenta.

SINCRONIZACIÓN INESTABLE. 19%... 31%...

Leo apretó los dientes, sintiendo cómo el dolor le subía por el brazo hasta el cerebro. Sus manos, dentro de los guantes de interfaz, estaban empapadas de sangre. El Cicatriz se sacudió, un tirón brusco que hizo que el armazón de mantenimiento gimiera.

—¡Muévete! —rugió Leo, volcando su voluntad en el enlace.

El antebrazo derecho del mech se alzó con una fluidez que no le pertenecía a un modelo de desguace. La línea de sincronización saltó: 19% → 41% → 58%.

Un golpe blanco le estalló detrás de los ojos mientras el prototipo reescribía la respuesta del mech. El Cicatriz ya no era chatarra; era un arma que reclamaba un dueño. Leo cayó de rodillas, jadeando, con la piel marcada por las quemaduras del enlace. En la pantalla, la alerta de purga se actualizó, bloqueando las salidas y marcando el tiempo restante: QUEDAN 48 HORAS PARA LA EXPULSIÓN FINAL.

Leo miró su reflejo en el cristal oscuro de la cabina. Estaba herido, marcado, y el sistema de la Academia ahora lo tenía en su mira. Pero por primera vez, el Cicatriz estaba vivo bajo sus dedos. La cacería apenas comenzaba.

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