El horizonte de hierro
El hangar subterráneo era una tumba de metal, pero para Leo Valenti, era el único lugar donde la realidad aún tenía sentido. El componente de tungsteno, una pieza prohibida que Valeria había extraído de los archivos de su propia familia, encajó en el chasis del Cicatriz con un chasquido seco. No fue una reparación; fue una imposición. La interfaz neuronal, ahora estabilizada, se clavó en su sistema nervioso como un anzuelo de acero al rojo vivo. Leo ahogó un grito mientras el código azulado del prototipo inundaba su visión, reescribiendo sus reflejos.
—Los ejecutores están en el ascensor de carga. Tienes menos de tres minutos antes de que conviertan este lugar en tu ataúd —la voz de Valeria, despojada de su habitual frialdad aristocrática, vibraba con una urgencia cruda desde la pasarela. La heredera, ahora una paria por su traición, observaba cómo las luces de emergencia rojas bañaban el hangar en un pulso agónico.
Leo ignoró el temblor en sus manos. La pantalla de diagnóstico marcaba un 65% de sincronización. Era una cifra obscena, una sentencia de muerte para cualquier cadete, pero para él era la única forma de sobrevivir a la purga. El Cicatriz dejó de ser una máquina de desguace para convertirse en una extensión de su propia carne. El dolor era el precio; la claridad, el arma.
—No estoy aquí para morir, Valeria —respondió Leo. Su voz, amplificada por el enlace, sonó metálica, deshumanizada—. Estoy aquí para que vean lo que han estado drenando de mis datos.
El Cicatriz irrumpió en la arena del Gran Torneo como una pesadilla de óxido y parches asimétricos. El rugido de los motores de élite se extinguió, reemplazado por un silencio sepulcral. Los cadetes de rango S, con sus armaduras inmaculadas, retrocedieron ante la máquina que desafiaba las leyes de la Academia. Cuando los sistemas de defensa automatizados intentaron purgarlo, Leo no evadió. Redirigió la energía de los sensores hacia sus propios servos, absorbiendo el ataque y convirtiendo la purga en combustible.
—¡Valenti, detente! —la voz del Maestro Aris retumbó por el canal de mando, cargada de una desesperación que no pudo ocultar—. ¡Estás sobrecargando el núcleo! ¡Si cruzas esa línea, no habrá vuelta atrás!
—Ya estoy muerto si me quedo aquí, Aris —gruñó Leo. Sus sensores detectaron la formación de pinza de los ejecutores de rango S. Eran máquinas perfectas, alimentadas por la red central, pero Leo estaba conectado a la arquitectura prohibida del prototipo. Cuando el cañón de riel del primer rival cargó, Leo no esperó. Inyectó un pulso de datos corruptos, una descarga de telemetría extraída directamente del núcleo del Cicatriz, hacia la red local del estadio.
El resultado fue instantáneo. Los mechs de élite se congelaron, sus sistemas bloqueados por una sobrecarga que no podían procesar. Leo se movió entre ellos como un espectro de acero. Cada maniobra le costaba un esfuerzo titánico; agujas de fuego líquido recorrían su espina dorsal, pero no se detuvo hasta que el último rival cayó, dejando un rastro de chatarra humeante en la arena.
El silencio final fue ensordecedor. Las pantallas gigantes del estadio, antes dominadas por los emblemas de la Academia, parpadearon violentamente antes de mostrar un nuevo estado: Leo Valenti – Rango: Élite.
La cabina se abrió con un silbido hidráulico. Leo se desplomó, el dolor neurológico obligándolo a arrastrarse fuera del asiento. La luz del estadio le quemaba, pero logró alzar la vista hacia el palco de mando. Valeria Kross estaba allí, observándolo con una mezcla de horror y fascinación. Ella sabía la verdad: el prototipo no solo había ganado la pelea; lo había reescrito a él.
—El sistema no puede procesar esto —la voz de Aris resonó por los altavoces, fría y distante—. Has roto el techo, Valenti.
Leo intentó ponerse de pie, pero sus piernas cedieron. Mientras su visión se oscurecía, vio cómo las puertas de la arena se abrían de par en par. Los ejecutores no venían a arrestarlo; venían a reclamar al piloto que acababa de demostrar que la jerarquía era una mentira. La verdadera guerra apenas comenzaba, y su sistema nervioso, ahora fusionado con el hierro, le advertía que el precio de su libertad apenas empezaba a cobrarse.