La sombra del patriarca
El reloj de la torre del santuario marcó las once. Cada campanada fue un golpe seco contra el pecho de Lucía mientras atravesaba el ala de servicio de la mansión Larios. El aire, denso por el incienso y el perfume empalagoso de la gala, le resultaba asfixiante. Quedaban exactamente siete días para que la declaración de ausencia de Mara fuera irrevocable; siete días antes de que el patrimonio Beltrán fuera absorbido por la maquinaria legal de Don Esteban.
Lucía evitó la mirada de Renato, quien custodiaba el corredor con la rigidez de un hombre que ha cambiado su lealtad por miedo. Ella no podía permitirse una vacilación. El libro negro, oculto contra su piel, pesaba como una sentencia. Había logrado frenar la venta de la hacienda en la cena, pero esa victoria era solo una grieta en un muro que amenazaba con aplastarla. Debía llegar al despacho antes de que la gala terminara.
Al deslizarse en la oficina de Don Esteban, el lujo de la mansión se desvaneció. El lugar era un centro de operaciones, frío y metódico. Lucía se dirigió al archivero, sus dedos temblando al retirar el legajo. Al abrirlo, el impacto fue físico: no eran contratos, sino una cadena de documentos notariales con firmas falsificadas. La rúbrica de Mara, repetida en tres hojas, era una imitación perfecta, demasiado obediente. El Padre Agustín había actuado como fedatario, validando el despojo. Pero lo peor estaba en un anexo: una orden de custodia temporal en el Convento de Santa Brígida. Mara no había huido; estaba siendo retenida bajo una fachada de santidad.
Antes de que pudiera procesar la traición, voces al otro lado de la pared la obligaron a inmovilizarse. Don Esteban conversaba con el abogado de la familia y un representante del banco.
—No quiero dudas sobre los títulos —la voz de Esteban era un bisturí—. La venta sigue frenada por esa tontería de la prima. No pienso dejar que una mujer sin nombre arruine lo que ya está cocido.
—La notaría detectó una irregularidad en la firma de Mara Echeverri —respondió el abogado.
—Entonces le quitamos la irregularidad —replicó Esteban—. Agustín ya hizo su parte. Si la cuenta abre mañana, la sucursal solo verá papeles en regla.
El banco no era un observador; era el cómplice que legitimaba el robo. Lucía apretó los documentos contra su pecho, sintiendo que el aire se agotaba. En ese instante, la cerradura giró con un chasquido seco. Don Esteban entró, su sonrisa de benefactor era una máscara que apenas ocultaba el desprecio.
—Lucía Beltrán —dijo, saboreando cada sílaba—. Qué torpeza la tuya. Vi tu cara en la mesa; ya entendí que tienes el libro. Y también entendí que viniste a buscar a Mara.
Él señaló la caja fuerte abierta. Lucía comprendió entonces que la trampa no se había cerrado por accidente: ella había sido dirigida hasta allí. El sobre gris que descansaba en la caja contenía la prueba definitiva de la vida de Mara, pero al tomarla, Lucía perdió algo mucho más valioso: la certeza de que aún conservaba su libertad. El convento, ahora lo sabía, no era un refugio, sino una pieza del engranaje. Salvar a Mara exigiría un sacrificio que Lucía no estaba segura de poder pagar: su propia salida de esta casa, y tal vez, de este pueblo.